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miércoles, 26 de febrero de 2014

Playa Blanca, la arena blanca y aguas cristalinas también existen en Colombia

Recapitulemos... Habíamos pasado los últimos 3 días en Cartagena de Indias, un precioso centro histórico, calles adornadas con balcones llenos de flores, precios altos, y calor, muuuucho calor. Antes de movernos de nuevo hacia el interior de Colombia en Medellín, teníamos un par de días en los que no teníamos planeado qué hacer. Pidiendo recomendaciones a conocidos colombianos nos dieron varias propuestas, Coveñas, San Bernardo, Playa Blanca... Todos ellos lugares famoso por sus lindas playas. Finalmente, por las fotos que habíamos visto, opiniones leídas en Internet como lugar para mochileros, y por su cercanía a Cartagena (en dos días teníamos un vuelo desde Cartagena a Medellín), optamos por Playa Blanca, un lugar escondido dentro de lo que se conoce como islas Barú, un archipiélago paradisíaco, de esos que sólo con ver fotos por Internet ya se te cae la baba. Además, todo hay que decirlo, a nivel personal, la forma de llegar hasta Playa Blanca hacía que fuese otro punto más a su favor.

Y es que para llegar a Playa Blanca desde Cartagena hay dos maneras:

- Ir al muelle de la torre del reloj, donde multitud de agentes turísticas te ofrecen el viaje en lancha hasta Playa Blanca por unos 35000 pesos por persona. Esta es la forma cara, sencilla y menos emocionante... :-D

- Tomar un bus desde Cartagena a un pueblito que se llama Pasacaballo. En Pasacaballo tomar un ferry que por 2000 pesos te cruzan de un lado a otro de un río, en el que al otro lado te esperan un montón de moto-taxistas cuyo negocio se basa en transportar a los turistas desde el ferry hasta Playa Blanca por unos 10000 pesos por personas. Esta es la forma barata, en total unos 14000 pesos por persona, ¡y más entretenida! Sobre todo el trayecto de unos 20 minutos en moto-taxi con las mochilas a cuestas.

Nosotros por supuesto elegimos la segunda opción, y así de paso probar uno de los medios de transporte que no habíamos probado hasta con las mochilas, ¡la moto! Divertido el viajecito, pero una y no más...jeje

Moto-taxistas esperando a que el ferry salga 

 El "motor" del ferry, una barquita atada con unas cuerdas

Ewe en pleno viajero moto mochilero

Las motos nos dejaron a la entrada de Playa Blanca, una playa de unos 3 kilómetros de largo, en donde aproximadamente el 80% de su litoral está ocupado por pequeños alojamientos en forma de cabañas en altura, hamacas y tiendas de campaña.

Playa Blanca

A ver... Playa Blanca es un lugar precioso, paradisíaco, aguas cristalinas, arena finísima de color blanco... Pero donde apenas hay un metro libre en la costa entre tanto alojamiento, restaurantes... Con la consiguiente llegada masiva de turistas y la basura que todo esto genera. Aunque siempre podría ser peor, al menos de momento las cabañas que sirven de alojamiento están gestionadas por una asociación de gente local que tienen la exclusividad para explotar la playa. Pero como suele pasar en este tipo de lugares, los tiburones extranjeros ya están empezando a echar el ojo a Playa Blanca y ahora andan con alguna que otra pelea por evitar que grandes cadenas hoteleras extranjeras se apoderen del lugar... Tristemente, creo que en este caso se aplica el dicho de "tiempo al tiempo".

Antes de ir hacia Playa Blanca, habíamos mirado en Internet el blog de un par de mochileros que recomendaban una de las cabañas, la de don Alex. Y la verdad que se agradece ir ya con una referencia, porque nada más llegar a la isla, sin poder disimular nuestra reciente llegada con las mochilas al hombro, a cada paso se acerca alguien ofreciendo alojamiento, hamacas, cabañas, camping... Con pocas diferencias entre las diferentes ofertas, aparte del precio, entre 40000 y 70000 por cabña, menos por camping o hamaca, el contar o no con un generador de electricidad, y las cabañas más o menos acondicionadas, desde un simple suelo de madera en alto con un colchón, como fue nuestro caso, hasta cabañas cerradas con ventilador, cama y otros muebles. En común, baños "improvisados", utilizando el agua del mar como cisterna y duchas a base de cubos de agua dulce.

Cabaña de don Alex, la nuestra era la que está sobre el cartel verde de la derecha

Estuvimos un día y medio en Playa Blanca, tiempo que aprovechamos para vivir en su más pura esencia la amabilidad de la gente costeña, que desde el primer momento que llegamos nos hicieron sentir como si llevásemos en Playa Blanca varias semanas; para practicar un poco de snorkel, aunque el mar estaba bastante movido y el fondo revuelto no dejaba ver mucho; y simplemente pasear por esa lindísima playa de arena blanquecina, tostarnos al sol (alguno más que otras...) y bañarnos en las aguas del mar Caribe, las más calientes en las que nunca nos habíamos metido hasta ese momento.

Atardecer desde la cabaña 

Fusión mexico-colombiana en Playa Blanca 

Alex, el dueño de las cabañas al fondo y otro viajero francés 

La verdad que porqque teníamos que irnos de nuevo hacia Cartagena para tomar un vuelo a Medellín, que sino muy gustosamente nos habríamos quedado un par de días más en ese paraíso de Playa Blanca, disfrutando de las ensaladas de frutas, los jugos, e incluso deliciosas hamburguesas vegetarianas preparadas por uno de los simpatiquísimos locales.

Para la vuelta a la civilización en Cartagena, ya habíamos tenido bastante emoción con el viaje de ida con bus-ferry-mototaxi, y esta vez optamos por tomar una lancha directa hasta Cartagena. Sí, ya sé que antes he dicha qque esta era la opción menos emocionante, pero el trayecto Playa Blanca-Cartagena apenas cuesta 15000 pesos por persona, así que una cosa es buscar la emoción, y otra hacer el ganso...jeje

Ya con los pies en tierra cartagenera, a darnos un buen festín para el almuerzo, y corriendo para el aeropuerto de Cartagena para tomar el vuelo a Medellín, donde nos esperaban John Alex, un viejo amigo de Ewe, y su mujer Lucía.

Con todo esto poníamos punto y aparte a la ruta por la costa caribeña. Muchos sitios inolvidables descubiertos, muchísimos más aún por descubrir, tanto terrestres como submarinos, y un siempre bienvenido moreno gracias al incansable sol de la costa, en algún caso tirando a rojo cangrejo.

Cuidemos nuestro planeta, porque cuando no naya más árboles ni flores, ¿a qué le vamos a cantar?, ¿a los edificios? Noé González.

jueves, 20 de febrero de 2014

Taganga, una pequeña joya mochilera y de buceo en el Caribe colombiano

El Caribe colombiano, kilómetros y kilómetros de costa con aguas de efectos verdes, turquesa, azules; un mundo submarino por descubrir lleno de corales, peces mariposa, morenas, pulpos, atunes, caballitos de mar; pequeños pueblos pesqueros donde se mantienen tradiciones y en los que tu paso fugaz como visitante se mezcla con la vida de la alegre gente local. Ante este panorama, nuestro viaje hacia la costa norte colombiana prometía estar lleno de experiencias y lindos lugares. Pero toda región repleta de tesoros por descubrir plantea a su vez cierto dilema para viajeros en continuo movimiento como nosotros, ¿qué lugares elegir para visitar? Opciones muchas, ganas infinitas, recursos limitados... snif...

Desde la ciudad de Santa Marta, con interminables ofertas turísticas de buceo, excursiones, tours a islas paradisíacas; a la pequeña población de Taganga, un pueblito pesquero destino habitual de mochileros y buceadores; la desconocida zona del Cabo de Vela, desde la que ya se puede sentir el aroma de la tierra venezolana, con una comunidad de costumbres ancestrales, con playas inacabables... Fue difícil elegir entre un catálogo tan atractivo, pero finalmente nos decidimos por trasladarnos a Taganga, con muy buenas referencias como lugar acogedor, auténtico, y las mejores ofertas de buceo de Colombia.

Playa de Taganga al anochecer

Así que tras otro viaje nocturno en bus desde Bucaramanga hasta la ciudad de Santa Marta, tomamos un taxi que por 15000 pesos (poco más de 5 €), nos llevó hasta el centro de buceo Nautilus en Taganga, del cual habíamos visto en Internet que tenía buenos precios y referencias, y además ofrecían alojamiento gratuito al realizar inmersiones con ellos. Al llegar al centro con nuestras mochilas y cara de demacrados tras la noche en bus, nos informaron que efectivamente tienen una pequeña cabaña en el parque Tayrona, a pocos kilómetros de Taganga, disponible para los buceadores. Con unos atardeceres espectaculares, tranquilidad, el sonido del mar como banda sonora, sin electricidad, sin agua corriente... ¿qué más podíamos pedir? :-D Por si no estábamos ya bastante convencidos, tras ver que cada inmersión nos salía por 50000 pesos (unos 18 €) y que el curso de iniciación Open Water de 3 días para Ewe costaba 540000 pesos (unos 200 €), ya tuvimos los próximos días planificados.

Como era demasiado para nuestros cuerpecitos, bueno, sobre todo para Ewe empezar el curso de buceo ese mismo día, preferimos pasar el día en Taganga y dormir en un hostal antes de ir al día siguiente hacia la cabaña en el parque Tayrona. Taganga es un pueblo pequeñito pesquero con gente super amable y super feliz a pesar de contar con servicios muy básicos, o al menos, básicos para gente occidental como nosotros. Históricamente, está situado en una zona en la que la escasa lluvia es un verdadero problema para la población, lo cual pudimos comprobar nada más llegar. En el hostal donde dormimos aquella noche, nos comentaron que desde Octubre de 2013 que no llovía, y las provisiones de agua tenían que conseguirlas con proveedores que venían desde Santa Marta o Cartagena, los cuales en algunos casos se aprovechaban del "poder" que tenían al depender de ellos las reservas de agua, y su seriedad a la hora de las entregas podía ser bastante lamentable, existiendo hostales, viviendas, restaurantes, que llevaban sin agua dulce más de 5 días.

Taganga, pescadores acabando la jornada

Aparte de estas condiciones, a nivel turístico, Taganga es un destino básicamene mochilero, con viajeros jovencillos de todas partes del mundo, comida para todos los bolsillos, bares con ambiente por las noches, viajeros artesanos vendiendo bisutería en el paseo de la playa... Pero con esta comunidad de viajeros se mezcla la vida diaria de los habitantes de Taganga, saliendo a pescar en sus pequeñas barcas a primera hora de la mañana, y volviendo al atardecer a la playa, momento en el que la gente del pueblo se acerca para comenzar el show de compra-venta de fresquísimo pescado aún en las redes.

 Taganga, jornada pesquera

Tras pasar ese primer día en el pueblo, compramos algunos víveres, y a la mañana siguiente, según lo acordado, nos presentamos bien prontito en el centro de buceo con nuestras posesiones, y a viajar en lanchita hasta la cabaña en el parque Tayrona. Al llegar, pudimos comprobar que lo que nos habían contado del lugar no se quedaba corto. Una pequeña cabaña, con una zona de hamacas, una cocina, un espacio para comer... de cara al mar Caribe en donde se preveían unos atardeceres para recordar.

El pequeño mirador de la cabaña

 Vistas desde la habitación de la cabaña

Pero antes de eso, a Ewe le esperaba su curso de buceo con su inseparable instructor durante los próximos días, Omar. A pesar de que hubo momentos algo estresantes durante las prácticas, poco a poco fue cogiendo confianza con tanto chaleco, regulador, botella, infla por aquí, desinfla por allá, ¡finalmente ya tenemos una buceadora más en el mundo! Aquí la tenéis toda profesional durante algunos de los ejercicios en aguas confinadas junto a Omar y otra chica que hacía el curso.


Ejercicio de rescate

¿Y yo que hacía de mientras durante los 3 días del curso? Aparte de pasar una envidia increíble viendo buceadores de diferentes países yendo y viniendo del agua, aproveché para tomarme unos días de esos que aprovechas para sumergirte en el más absoluto relax, disfrutando de buenas lecturas tumbado en la hamaca, interesantes conversaciones con los viajeros que íbamos conociendo, poniendo al día el blog... Y es que en el lugar donde estábamos poco más se podía hacer, alguna visita a una playita cercana en la más absoluta intimidad, intentar aguantar la tentación de rascar las picaduras de los mosquitos nocturnos, conocer divertídisimas anécdotas en forma de hongos testiculares sufridos por un viajero inglés, y por supuesto, disfrutar cada tarde de los atardeceres  desde una tribuna privilegiada.

 
Atardecer desde la cabaña

Pero eso sí, una vez que Ewe acabó el curso, también llegó mi momento y pude disfrutar de las maravillas subacuáticas del mar Caribe, algunas de ellas yo sólo y una úĺtima con Ewe, estrenándonos así como pareja de las profundidades marinas. Pudimos ver infinidad de corales, peces mariposa, peces loro, morenas, pulpos, peces trompeta, y algo que aunque no vimos con nuestros propios ojos, unos compañeros nos comentaron, ¡una parteja de buceadores dando rienda suelta a la pasión a 5 metros de profundidad! Así me gusta, ¡echando imaginación a las relaciones!!jeje

Parece una pedida de mano acuática, ¡pero no lo es! :-D

En pleno paseo acuático

Bajo el agua es un entorno ideal para meditar

Tras 4 días en ese pequeño paraíso, tocó de nuevo tomar la lancha de regreso a Taganga, una vuelta a la civilización después de unos días en los que pudimos olvidarnos que existe una sociedad moviéndose al ritmo de la electricidad, el dinero... En Taganga pasamos un día más para que Ewe hiciese el examen teórico del curso, dormir decentemente tras varios días en compañía de mosquitos y pulgas, e ir preparando la visita a nuestro próximo destino, ¡Cartagena de Indias!

Ewe con su instructor de buceo Omar

Y con esto acabó la aventura por el lugar más mochilero, auténtico, salvaje y paradisíaco que habíamos encontrado hasta ahora. Para nuestro recuerdo siempre quedarían esos atardeceres, las anécdotas vividas durante el curso de buceo, los viajeros que fuimos conociendo, las ajetreadas noches intentando dormir, las horas pasadas en la hamaca, y la sensación de que al menos durante unos días, la felicidad sólo puede depender de las personas que nos rodean y el lugar en el que te encuentres.

"Si siembras un pensamiento cosecharás una acción. Si siembras una acción cosecharás un hábito. Si siembras un hábito cosecharás un carácter. Si siembras un carácter cosecharás un destino". Charles Reade

viernes, 31 de enero de 2014

El mejor destino para finalizar la aventura mexicana, ¡la isla de Cozumel!

Sí amigos y amigas... Tras incontables platos de nachos, guacamole, quesadillas; decenas de viajes en bus, alojamientos de todos los estilos, personas todas y cada una maravillosas, la etapa mexicana estaba llegando a su fin. Pero para hacer más llevadera la despedida, qué mejor que pasar los últimos días en una isla donde relajarnos en la playita y explorar el fondo del mar Caribe, para ello la isla de Cozumel fue la guinda del pastel del viaje por México.

Tras tomar un bus desde la Tulum a Playa del Carmen, (bonita pueblo playero pero extremadamente turístico), cogimos un ferry para llegar a Cozumel, disfrutando durante el trayecto marítimo de la compañía de una pareja estadounidense con los que pudimos compartir el taxi hacia el alojamiento, ya que nos hospedábamos cerquita de ellos. Para la estancia en Cozumel, esta vez sí que habíamos podido reservar una habitación en el hostal Beachhouse, un chalet situado en la zona norte de la isla, administrado por Adolgo y Tina, un matrimonio mexicano-suizo que nos trató estupendamente.

La isla de Cozumel es un destino típico para los cruceros que recorren las diferentes islas del mar Caribe, generalmente procedentes de USA. Por ello, desde aproximadamente las 11 de la mañana hasta las 5 de la tarde, en el pueblo de San Miguel, el más grande de la isla, puedes ver a cientos de turistas que salen de los cruceros para visitar la isla. Como os podréis imaginar, con este tipo de turismo el pueblo de San Miguel está repleto de restaurantes, tiendas de souvenirs, bares... Pero si como nosotros tienes la suerte de poder dedicarle unos días a la isla, hay muchas cosas por descubrir en los poco más de 40 km de largo que tiene.

Como de costumbre cuando llegamos a un nuevo lugar, la primera tarde la dedicamos a descansar y a ir conociendo a Adolfo y Tina, los dueños de la casa-hostal. Un ambiente muy cercano y familiar, justo el tipo de alojamiento que más nos gustan. Al día siguiente, alquilamos una scooter con la que recorrimos la isla cómodamente disfrutando del agradable vientecillo.


De ruta motera cual Ángeles del Infierno

La primera visita que hicimos en la isla fue el sitio arqueológico de San Gervasio. ¡Siiiiii, otro más! jeje No entraba en nuestros planes esta visita, pero el hecho de que esa ciuddad maya estuviese dedicada a la diosa Ixchel, con la que Ewe siente cierta sintonía, fue motivo más que suficiente para la visita. Al final, creo que recordaremos más los caminos llenos de barro y mosquitos que tuvimos que atravesar para llegar a algunas de las estructuras, y la gran cantidad de iguanas que había por todas partes.

San Gervasio, palacio de Ixchel

Iguana en pleno ritual de empoderamiento

El resto del día lo dedicamos a ir bordeando la costa de la isla. En ese sentido hay dos costas bien diferentes, la costa este, por la que llegaron los españoles hace 500 años, siendo esta costa el primer lugar que los colonizadores vieron de México, con playas más salvajes, y la costa oeste, donde están las playas más tranquilitas y en su mayoría privadas, y donde atracan los crucerosy están las zonas turísticas. Nosotros dedicamos más tiempo a descubrir la costa más salvaje, que a pesar de que el mar estaba bastante revuelto, en las playas no había apenas gente y había más privacidad, la ocasión perfecta para sacar durante unos minutos el niño que todos llevamos dentro.

¡¡Yogarisoterapia!!


Haciendo publicidad del blog

Entrenando para mi futuro profesional circense

Con la tontería, la luz del día nos iba abandonando poco a poco, así que antes de que se hiciese de noche, le dimos duro al acelerador de la scooter para intentar llegar a la costa oeste y así poder ver el atardecer. Dicho y hecho, justo a tiempo para una vez más, ser testigos de un gran espectáculo que nos regala el universo cada día.


Precioso atardecer en Cozumel

Y ya para  el último día en esta maravillosa isla, teníamos reservado con Adolfo, el dueño del hostal y profesional del submarinismo, una de los planes que más estábamos esperando, ¡bucear en el mar Caribe! Además, para Ewe era la primer experiencia submarina, así que fue su bautizo de buceo, ¡no está mal hacer tu primera inmersión en una isla del mar Caribe! jeje. Adolfo se portó de lujo con el bautizo de Ewe, se tiro un buen rato con las explicaciones básicas, y una vez en el agua hizo que nos sintiéramos totalmente seguros y disfrutásemos al máximo de la experiencia. ¡Ya tenemos una buceadora más en la comunidad!

La nueva pareja de submarinistas

Ewe y Adolfo

Y señoras y señoras, la aventura por México tocó a su fin con todo esto. El viaje por el país se alargó más de lo planeado, y eso que no visitamos ni la mitad de sitios que habíamos pensado, pero como se suele decir, no se trata de la cantidad, sino de la calidad. Y hablando de ir cambiando de planes, hubo un gran cambio respecto al itinerario a seguir por América Latina. La idea era viajar desde Cancún a Costa Rica, ya que hace tiempo habíamos mirado que los vuelos no eran muy caros. Pues cuando tuvimos más clara la fecha para ir hacia allí, vimos que los precios habían subido un montón, así que tocó hacer estudio económico y geográfico para elegir nuevo destino. Y el país ganador fue........... ¡COLOMBIA! Había vuelos baratos a Bogotá, y el país era uno de los de la lista para visitar, ¡así que siguiente destino decidido! Aún así nos da cierta pena no poder ir a Costa Rica, ya nos imaginábamos visitando sus selvas, sus paisajes únicos... Pero quién sabe, quizá el destino nos acabe llevando finalmente hacia allí...

Así que aparte del post que escribiré de resumen de la etapa por México, los próximos ya tendrán como protagonista al país del café. Y os aseguro que no es un país que defrauda. Como dicen, el principal peligro del país no es la violencia, sino que te entren ganas de quedarte.

¡Un abrazo!

La  vida es algo que ocurre mientras pensamos en otras cosas

jueves, 30 de enero de 2014

Llegamos a Tulum, con la magia del mar Caribe y experiencias surrealistas

Tras pasar aquellos inolvidables días sumergidos en la selva de Calakmul entre arañas y monitos, pusimos rumbo hacia una naturaleza diferente, de los animales salvajes y la humedad de la vegetación, a las aguas cristalinas, playas de arena blanca que se escapa entre lo dedos, pero eso sí, con muchas humedad igualmente, hablamos de una de las joyas de la Riviera Maya, ¡Tulum!

Para ir desde Calakmul hasta Tulum, tomamos un bus que salía de Xpujil, un pueblito cercano a la reserva de Calakmul, y viajando por la noche llegamos a Tulum sobre las 4 AM. En esta ocasión no habíamos podido reservar alojamiento, ya que Tulum es un lugar bastante turístico, y para viajeros como nosotros que vamos improvisando más o menos los destinos y las fechas, se hace difícil reservar los hostales de calidad y a buen precio. Así que tras esperar un par de horas pasando frío en la estación de bus para que se hiciese de día, cogimos las mochilas y nos pusimos en faena para buscar alojamiento.

Teníamos referencias de un hostal de mochileros llamado Weary Traveler, fuimos hacia allí y nos dijeron que en ese momento no había habitaciones, pero que si esperábamos hasta las 11 seguro que alguna se quedaba libre. Como eran aún las 7 y estábamos bastante cansados del viaje en bus, lo dejamos como opción pero seguimos buscando. Aunque eso sí, el personal de este hostal fue muy amable y nos guardaron las mochilas mientras buscábamos, lo cual es todo un alivio y mucho más cómodo. Tras preguntar en varios hostales y siempre con respuesta de que estaban llenos, llegamos al Hotel Tulum, original el nombre...jeje. Tenían habitaciones libres, y si reservábamos por 3 noches nos hacian descuento. Echamos un vistazo al hotel, un jardín chulo, la habitación amplia con baño decente, un poco de olor a humedad pero con las ganas de descansar que teníamos era lo de menos, cocina para poder usar, la chica chilena que nos atendió amable... ¡Nos lo quedamos! Y esta decisión marcó en gran medida la calidad de nuestra estancia en Tulum...

  
Entrada del Hotel Tulum

Los que seguís el blog, sabréis que nunca me he  quejado por el alojamiento, tanto Ewe como yo somos bastante conformistas con las condiciones de los hostales, no porque aguantemos cualquier tipo de alojamiento, sino porque no necesitamos mucho para sentirnos a gusto. Pero en este caso el hotel sobrepasó los límites, llegando al punto que por primera vez cambiamos de alojamiento dentro del mismo lugar. Por desgracia habíamos pagado al llegar 3 noches de reserva, y pensándolo ya en la distancia, lo mejor habría sido independientemente de haber pagado habernos ido de ahí pitando. Las instalaciones del hotel aparentemente están muy bien, un amplio jardín, comedor al aire libre, posibilidad de usar una cocina, habitaciones amplias... La realidad, habitaciones con un olor a humedad que 2 semanas después aún sufrimos en nuestro equipaje, toallas y sábanas super húmedas, cucaracha en el baño, promesa de café gratis por la mañana que nunca vimos, la cocina que se podía usar estaba echa una auténtica mierda (más cucarachas), el personal continuamente incordiándonos por cosas como dejar las sábanas fuera de la habitación para ventilar, que si no podemos usar platos de la cocina, y por supuesto con excusas para todas nuestras quejas. Y aunque suene a coña, cuando el último día les dijimos que nos íbamos a otro hostal de Tulum que además era más barato, nos dicen que el precio no lo es todo, que aunque ellos nos cobraban un poco más a ver dónde encontrábamos un lugar así... ¡Nosotros flipando! Preferimos no decir mucho porque estábamos bastante calentitos... Además, no sé si la humedad nos afectó al cerebro o fue por el cúmulo de circunstancias, durante los días que estuvimos ahí alojados nos afectó bastante al humor... En fin, no me gusta hablar mal de nadie ni de nada, pero creo que es justo contar las cosas tal y como se viven sobre todo por el bien de otros viajeros. Por suerte, tras la experiencia nos lo hemos tomado como una lección más de la que aprender a la hora de buscar alojamiento, por muy desesperado que se esté.

Pero a pesar de todo esto, Tulum tiene demasiado encanto como para que hasta el peor de los hoteles no te deje disfrutar de sus playas de postal y el buen ambiente del pueblo. El pueblo de Tulum está dividido en 2 partes, la zona urbana donde están los alojamientos y restaurantes más baratos (evidentemente nosotros estuvimos ahí), pero también donde hay más vidilla y más opciones para comer, hacer tours... Y la zona de las playas, a unos 30 minutos andando de la zona urbana.

El primer día alquilamos unas bicis y nos fuimos a recorrer las playas, a pesar de que no hacía muy buen tiempo, sólo por sentir en tus pies esa arena tan fina, tan blanca, y notar en tu piel como te envuelve el agua cálida,transparente y con ese efecto turquesa del mar Caribe, la experiencia es única.

Primera toma de contacto con la playita


Playas de Tulum

Para el segundo día, hicimos una de las visitas obligatorias al estar en Tulum, las ruinas mayas. ¡Sí, más ruinas mayas! jeje Ya sé que siempre digo lo mismo, pero estas son diferentes, no tanto por su arquitectura, la cual la verdad notábamos que ya no le prestábamos tanto interés después de recorrernos varios sitios arqueológicos, sino por su situación, en plena costa del mar Caribe. Los mayas que vivían en esa ciudad serían como los ricachones que tienen hoy en día sus chalets en primera línea de playa.


Preciosa vista desde la ciudad maya de Tulum

La localización de la ciudad, la distribución de los edificios, el misticismo que te envuelve mientras recorres el lugar mientras sientes de fondo el olor y sonido del mar, junto con los irreproducibles tonos turquesas del agua, hicieron que las ruinas de Tulum se colocasen entre nuestras favoritas durante la visita mexicana.

Ciudad maya de Tulum

Tras la visita a la ciudad maya, como al comprar la entrada habíamos cogido un pack que incluía un viajecito en lancha para visitar las ruinas desde el mar y hacer snorkel en el arrecife de coral, hacia la playa que nos fuimos. El ver la ciudad maya desde el mar tiene su encanto, además de poder presenciar una de las imágenes más famosas y bellas de México, combinando dos de sus principales atractivos, el mar Caribe y la cultura maya.

 Palacio de Tulum
La Torre del Adivino

Respecto al snorkel, apenas pudimos ver mucha cosa ya que el mar estaba un poco revuelto. Apenas algún coral y un par de cañones sumergidos según dicen procedentes de algún barco en el que llegaron los colonizadores españoles a la península de Yucatán. Pero no creáis que nos quedamos con mal sabor de boca por no poder ver mucho durante este snorkel, porque al día siguiente nos esperaba una de las experiencias acuáticas más auténticas que hemos tenido nunca, y que creo que se puede tener en todo el mundo, ¡bucear en un cenote!

¿Un quéeeeeeee? Un cenote es una cueva natural subterránea inundada muy común en la península del Yucatán y que incluso los mayas utilizaban para realizar sacrificios.. Debido a la composición calcárea del suelo de la península, gran cantidad de agua se filtra en la tierra, creando poco a poco pequeños túneles acuáticos. A veces, se forma tal cantidad de filtraciones que el peso de la tierra provoca que se derrumbe y se forma un agujero que sirve de acceso al sistema de túneles subterráneos creado por dichas filtraciones. Hablando claro, unos agujeros enormes en el suelo con agua en el fondo desde el que accedes a túneles acuáticos para pasarlo pipa haciendo snorkel o buceando.

Cenote visto desde arriba

En nuestro caso fuimos  al cenote Dos Ojos, a unos 20 km de Tulum con un centro de submarinismo que nos llevó allí en furgoneta, junto con un guía y otros turistas neozelandeses. Aunque es posible hacer submarinismo en el cenote, optamos por snorkelear primero porque Ewe no tiene la licencia de buceo, segundo porque el tema del submarinismo es carillo y todo no se puede, y tercero porque la experiencia de buceo nos la reservábamos para el siguiente destino en México. :-D

De la experiencia haciendo snorkel en el cenote qué decir, ¡espectacular! Imaginaros ir nadando por un túnel con agua cristalina, linterna en mano, con zonas en las que no llegas a ver el fondo, con decenas de columnas formadas por la unión de estalactitas y estalagmitas, y zonas en las que el techo está a escasos centímetros de tu cabeza, poniendo atención para ir esquivando las estalactitas, ¡algo no apto para claustrofóbicos! Y aunque parezca mentira, el hecho de ir nadando y ver de repente agujeros debajo tuyo de los que no puedes ver el fin acojona, ¡y sino que se lo digan a Ewe! jeje. Como no teníamos cámara acuática, os pongo algunas fotos sacadas de Internet del cenote.




De verdad os digo, que las fotos no son exageradas. Antes de entrar, ya te quedas alucinado con el efecto de color del agua, con diferentes tonos turquesas, y totalmente transparente. Y una vez que estás dentro, las zonas más abiertas en las que se filtran los rayos del sol crean un espectáculo increíble, algo que no olvidaremos jamás. Al igual que la sensación de ir nadando por un túnel subterráneo, con apenas espacio para el tubo de snorkel, mirando hacia arriba cientos de estalactitas, y mirando hacia abajo profundos agujeros y columnas.

Después de ver todo esto sobre Tulum comprenderéis que ni el peor hotel que te puedas encontrar podría hacer que los días en Tulum  no sean maravillosos, e incluso nos quedamos con ganas de haber hecho muchas más cosas, como visitar el parque natural de Sian Ka'an, bucear en la barrera de coral, visitar otros cenotes... pero el viaje debía continuar.

El siguiente post ya será el último sobre nuestra aventura mexicana, pero no por ser el último es el menos atractivo, ya que para el final habíamos dejado uno de los puntos fuertes de la etapa, la isla de Cozumel, el paraíso de los submarinistas y la vida de relax en la playita.

¡Nos vemos!

"Cuando sales del papel de víctima ya no te preocupas de lo que la vida te pueda dar, sino de lo que tú puedas dar a la vida". Jorge Iván Carvajal