Un mes a una media de más de 3000 metros sobre el nivel del mar, un mes de sonrisas sinceras pero palabras escasas, un mes del frío más intenso vivido durante los más de 9 meses que dura el viaje, un mes en el que vivimos la etapa más dura en cuanto a condiciones. Según lo que vivimos, esto es Bolivia, un país que aún mantiene una gran tradición y presencia indigena, incluso en las ciudades, un país que nos ofreció las más deliciosas ensaladas de frutas y jugos, un país que da descanso a la billeterra del viajero, un país que como nunca antes puso a prueba nuestra mirada de amor incondicional hacia la escasa educación ambiental, un país con condiciones de viaje duras, en cuanto a clima, alojamientos, y sobre todo transporte en algunas zonas, Zonas que desde el punto de vista local: "al menos ahora tenemos transporte, antes teníamos que ir andando".
Aquí os dejo el mapa con el itinerario seguido durante el mes viajando por Bolivia:
La aventura boliviana comenzó en uno de los lugares más místicos del país, Copacabana, rodeada del especial lago Titicaca, seguimos hacia La Paz, una gran ciudad que nos sorpendió, no tanto en cuanto al esperado bullicio y contaminación, pero sí en cuanto la amabilidad de la gente y su historia. Después hicimos una parada más bien fugaz en Cochabamba, donde nos deleitamos que ricos manajres hindúes, y donde el proyecto de visitas educativas resurgió cual Ave Fénix tras meses dormidito. De Cochabamba pasamos al paraíso de Sucre, ciudad-pueblo que conquistó nuestro corazón, desde su gente, su arquitectura, su interesante historia, y sobre todo el contacto indígena que nos regaló, visitando algunas comunidades del altiplano que me mostraron la realidad que no te enseñan en las oficinas de turismo. Aunque con mucha pena, tocó dejar Sucre en dirección a Potosí, donde a pesar de ese intenso frío que se te mete hasta los huesos, sus calles coloniales y llenas de historia nos dieron un calorcito enriquecedor, para después volver a congelar nuestros corazones con la visita a la mina del Cerro Rico, la visita a una realidad en forma de conformismo, materialismo y utilización y manipulación de la mente humana. Y por si en Potosí no fue suficiente el fresquito que pasamos, como última parada acabamos en Uyuni, donde el mágico salar y sus temperaturas gélidas a -20º permanecerán para siempre entre nuestros recuerdos.
Para los que no lo hayáis hecho ya y queráis profundizar más en todas estas maravillosas experiencias, aquí tenéis los enlaces a los posts publicados durante el viaje por Bolivia:
1- Primera parada, Copacabana (la boliviana) y la Isla del Sol
2- Un mercado de brujas, el paraíso de los músicos, frío... ¡Esto y mucho más en La Paz!
3- De visitas educativas por Cochabamba y Sucre
4- Nos recibe una Bolivia diferente en Sucre con su calorcito y buen ambiente
5- Crónica de una excursión por las comunidades Jalq'a, ¿quién dijo miedo?
6- Siguiente joya boliviana, la histórica Potosí, pero a veces la historia sigue tristemente presente
7- Una experiencia tiene tantas formas como personas que la viven, para ejemplo el salar de Uyuni
Respecto al tema económico, esta vez defraudaré a algunos de vosotros, ya que no podré proporcionares el detalle del presupuesto como he ido haciendo hasta ahora en cada país. ¿El motivo? Básicamente que el hecho de ir anotando cada gasto para poder hacer el presupuesto a final de la etapa por el país, estaba haciendo que me volviese demasiado controlador con el tema del dinero, lo cual me impedía disfrutar al máximo de cada día. Que si cuánto hemos gastado hoy, que si hemos gastado más o menos que lo planeado, que si regateo por aquí, regateo por allá...
En general, comentar que Bolivia es un país muy barato para viajar, seguramente el más barato de los recorridos hasta ahora junto con Egipto. La media de gastos aproximados al día habrán sido de unos 16€, juntando comidas, alojamiento, transporte... Lo cual aún se podría reducir mucho más teniendo en cuanto que siempre nos alojamos en habitación privada, hemos comprado algo de ropa, instrumentos, la comida vegetariana resulta más cara en estos países...
En resumidas cuentas, las sensaciones que tengo ahora, unas semanas después de haber dejado Bolivia, son parecidas respecto a cuando viajé por Egipto. Bolivia es un país duro en algunos aspectos, enriquecedor en gran medida, con preciosos lugares, pero que para nosotros, una vez visto, no sentimos que nos gustaría volver de nuevo, aunque por supuesto que lo recomendamos para viajar al menos una ve en la vida. Llegamos a los últimos días en Bolivia justos de energías, en gran parte por las duras condiciones en Uyuni, y con ya muchas ganas de llegar a la comodidad del suelo argentino. Sí, Bolivia es muy barato y vives experiencias que ningún otro país te puede ofrecer, pero a costa de pasarlo mal en algunos transporte y viendo la gran cantidad de basura que se acumula por todas partes consecuencia en gran parte de las personas que mientras comen por la calle usan el suelo de basurero.
Como siempre, dar las gracias a todas las personas que durante los 30 días en suelo boliviano, ya fuese con una sonrisa, una pequeña conversación, o una comida preparada con amor, lograron que este sueño en forma de viaje cada día fuese más especial. Gracias al niño que en la Isla del Sol quiso acompañarnos durante un descanso y sacó de nosotros el renacuajo que siempre tendremos, gracias a las chicas del tour por La Paz, con su entusiasmo y conocimiento hicieron que apreciásemos la ciudad y Bolivia como nunca nos imaginaríamos, gracias al maestro Cavour, por crear en mí una gran atracción por la música andina y por el charango, gracias a la pareja francesa que conocimos en Cochabamba, por llegar en un momento clave para volver a despertar en nosotros la ilusión por viajar, y gracias a Wilmer, por mostrarme con tu experiencia la debilidad y conformismo de la mente humana.
Y con el post resumen, ponemos fin a una nueva etapa del viaje, la más dura, sin duda, pero que hará que la próxima la recibamos con más expectación y ganas que nunca. Pasamos a Argentina, pasamos a un país inmenso, con mucho que ofrecernos. ¡Os invitamos a acompañarnos!
¡Un abrazo!
"El peligro radica en que nuestro poder para dañar o destruir el medio ambiente, o al prójimo, aumenta a mucha mayor velocidad que nuestra sabiduría en el uso de ese poder." Stephen Hawking, físico británico.
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lunes, 4 de agosto de 2014
sábado, 2 de agosto de 2014
Una experiencia tiene tantas formas como personas que la viven, para ejemplo el salar de Uyuni.
¡Apurando ya los último días en la única e incomparable Bolivia! Como niños buenos, habíamos ido cumpliendo las tareas de todo viajero por el país: visitar Copacaban y la Isla de Sol, comprar instrumentos de La Paz, disfrutar de Sucre, vivir la crueldad de las minas de Potosí... Pero, no nos podíamos ir de Bolivia sin cumplir la que para muchos quizá sea la principal atracción, al menos en cuanto a naturaleza y originalidad... ¡el salar de Uyuni!
Así que desde la ya inolvidable Potosí, tomamos un nuevo bus que añadir a la lista, y rumbo al pueblo de Uyuni. Y esto a pesar de algunas informaciones no muy ilusionantes que nos habían llegado respecto al lugar y a los tours que se realizan por el salar. Como habituales protestas que suele haber en Uyuni, que suelen provocar el cierre del pueblo, tanto para salir como para entrar, noches a -20º, conductores de los tours que van borrachos y te arruinan una experiencia que podría ser maravillosa... Pero bueno, ya sabéis, fieles a nuestra filosofía, mejor experimentar las cosas por uno mismo para poder valorarlas.
Nada más llegar a Uyuni, la primero impresión fue: "¿Frío? ¡Qué exagerada es la gente! Comparado con Potosí se está de maravilla." Un gran error hacerse ilusiones de ese tipo a las 17:00, cuando el solecito calienta, y en un lugar en el que las temperaturas diurnas y nocturnas pueden oscilar los 30º de diferencia. Pero lo primero era lo primero, buscar alojamiento, el cual ya teníamos referenciado gracias a nuestro viejo amigo viajero Victor, y los segundo una vez "acomodados", buscar agencia para comenzar el tour al día siguiente.
En este sentido seguro que nadie tendrás problemas para encontrar alguna agencia en Uyuni, ya que el principal negocio del pueblo, yo creo que más incluso que la venta de sal, es el turismo gracias al salar. La oferta, similar en todas ellas, tour de 1,2 o 3 días. Para viajeros escasos de recursos económicos y/o tiempo, el tour de 1 día es su opción, centrado en la visita al salar. Para aquellos con más tiempo y algo más de dinerito, se suele escoger el tour de 3 días, al que se añaden excursiones por diferentes lagunas, paisajes desérticos, dormir en un hotel de sal... En nuestro caso, ya que de tiempo vamos sobrados y aunque no tanto de dinero, escogimos el tour de 3 días. Los precios que preguntamos fueron similares en varias agencias, unos 750 bolivianos, que aunque no es algo prohibitivo para una persona que trabaje en Europa, para una persona local es algo prácticamente imposible de afrontar... Pero como suele pasar, donde ellas extranjeritos con dinero, que se quite la gente local... Ains...
Así que tras sufrir la primera noche a temperaturas bajo cero en un hotel sin calefacción ni agua caliente, pero con el ánimo por las nubes, bien prontito por la mañana comenzamos el ansiado tour por el salar de Uyuni. Pasaríamos los 3 siguientes días la mayoría del tiempo metidos en un jeep con nuestro querido guía-conductor, y otros 4 turistas alemanes, que en un principio parecía que no impondrían su myoría lingüística y en inglés nos presentamos y comenzamos muy animadamente la excursión.
La primera parada, común para todos los tour, es el cementerio de trenes próximo a Uyuni. El hecho de que todas las agencias oferten lo mismo es lo que tiene, que al llegar a cada punto te encuentras con decenas de jeeps y centenes de turistas ejercitando el dedo índica sobre el botón de las cámaras.
Los "cadáveres" metálicos que habitan este cementerio, son prueba del gran desarrollo minero que esta zona de Bolivia vivió a finales del siglo XIX, lo que entre provocó la llegada del ferrocarril al país, y así mejorar la comunicación y transporte de mercancías entre diferentes localidades mineras. Sin embargo, los años no perdonan, y poco a poco aquellas máquinas tan innovadoras que andaban sobre unas barras de hierro fueron quedando en el olvido, y cual ancianos que son abandonados en el asilo, los trenes fueron formando parte de este museo al aire libre, que transmite una mezcla de historia, tristeza, perdurabilidad, y contraste entre el desierto creado por la naturaleza y la máquina creada por el hombre.
Tras abrir boca en el cementerio y hacer una parada "técnica" en la tienda de un pueblo con precios altísimos, para reponer víveres en caso necesario, comenzamos ya la incursión por el principal atractivo de aquellos días, ¡el salar!
Como no podía ser de otra forma, aquí va el clásico párrafo cultural como introducción al lugar. El salar de Uyuni es el mayor desierto de sal del mundo, con más de 10000 metros cuadrados y una media de 3650 metros sobre el mar, ocupando un área que hace más de 40000 años estaba cubierta por el lago Minchín,, y posteriormente, por el lago Tauka, llegando a un nivel de más de 100 metros por encima de la altura actual del salar. A esto siguió una época especialmente cálida y seca, provocando la reducción de los lago hasta que finalmente se secaron quedando el actual salar, el cual proporciona importantes reservas de sal, litio, potasio, boro y magnesio.
En cuanto al negocio de la sal, según nos comentaron la extracción está reservada para unas pocas comunidades cercanas al salar, en las que varias familias se dedican pala en mano a formar montículos de sal para su secado, para posteriormente cargarlas en camiones que la llevarán a las plantas de refinado.
Ya con la introducción teórica al salar y con los primeros "¡ooohhh!" a medida que nos adentrábamos en aquel desierto blanco que parecía no tener horizonete, nos dirigimos a la siguiente parada del día, un lugar donde almorzar y poder deleitar la imaginación para hacer las famosas fotos en perspectiva comunes en toda visita al salar. Al final, como en el proceso no sólo dependes de tu creatividad y paciencia, sino de la habilidad de la persona que te hace la foto para poder tener algo digno de enseñar, al final nos quedamos con apenas unas poquitos fotos.
Tras hace un poco el payasete y tranquilizar los estómagos con las delicias gastrónomicas de nuestro guía-conductor-cocinero, tocaba poner rumbo a otra de las joyitas de la zona, la isla Incawasi, en quechua, la casa del inca. Esta isla, que según he podido saber, en todas las agencias te la venden erróneamente como la "isla del Pescado", ya que en realidad la isla del Pescado se encuentra a 22 kilómetros de la isla Incawasi. ¿Y qué tiene de particular esta isla para ir a visitarla? Básicamente, lo habitual en las "islas" que hay en el salar, cactus gigantescos que llegan hasta más de 10 metros, y en particular, unas vistas preciosas de 360ª de la inmensidad del salar, que junto con el claro color del cielo crean un cuadro que ni el más talentoso artista.
Hasta aquí es lo que dió de sí el primer día del tour, y aunque no lo creáis, prácticamente hasta ahí dió de sí todo el tour, ya que en el primer día se ven, al menos en esta época y en mi opinión, los atractivos más interesantes. Todo hay que decir, que debido a la época invernal en la que estábamos, otras visitas que según te dicen son increíbles, como las lagunas coloradas, pierden todo su atractivo al estar congeladas.
Por otro lado, seguro que en este sentido también influye mucho las circunstancias de cada viajero a la hora de apreciar en menor o mayor medida el tour. En mi caso, ya son muchos los lugares visitados, como desiertos sobrecogedores en Jordania y Egipto, o flamencos como los cientos vistos en México; a pesar de que cada lugar es diferente y tiene su encanto particular, creo que durante este tour las experiencias previas lograron que no apreciase en mayor medida el regalo que en esta ocasión me estaba regalando la vida.
Aunque por otro lado, en mi defensa también hay que decir, que en un tour como éste, en el que pasas en el coche un 80% del tiempo, la profesionalidad del guía-conductor y tus compis de viaje, puede hacer que de un tour a otro la diferencia sea abismal. En lo que respecto al conductor, nosotros habíamos escogido una agencia recomendada por otro viajero, pero al final cada agencia tiene varios guías, y depende más del guía que de la agencia. Y por desgracia, a nosotros nos tocó uno que a excepción del primer día que nos explicó cosillas del salar, el resto del tiempo permanenció prácticamente mudo, e incluso no hacía ni caso a nuestras peticiones sobre qué música poner en el coche, llegando al extremo incluso de quitar la música que todos los cliente del coche, habíamos decidido poder. Además, por si ya su actitud no nos tenía suficientemente "calentitos", el último día, en el que él mismo nos insistió que estuviéramos puntuales a las 5:30 de la mañana para empezar el día, resulta que llegó casi una hora tarde, y a día de hoy aún seguimos sin saber el motivo, ya que ni una simple explicación ni disculpa nos ofreció...
Y en lo que respecta a los compañeros de viaje, lo que comenzó como una amistosa charla en inglés, valorando por nuestra parte su esfuerzo por no caer en la habitual imposición de la mayoría lingüística, poco a poco se fue convirtiendo en un curso intensivo para nosotros de escucha de conversaciones en alemás. Y mira, nosotros sin al menos una base del idioma se nos hace difícil comprender, así que con el paso de los días la colonia alemana se fue independizando más y más a pesar de nuestras recomendaciones de hablar todos en inglés.
Ok, estábamos en un lugar único del planeta, con el salar más grande del mundo, y paisajes difíciles de encontrar en otro lugar. Todo ello se estaba viendo empañado por otros factores, como un guía-conductor digamos... algo tímido y unos compis de viaje para nada tímidos pero algo despistados en cuanto a darse cuenta de la gente que hay a su alrededor. Pues por si esto no fuera poco, se unieron las más pesimistas predicciones meteorológicas en cuanto al frio, llegando por la noche a -20º, sumando a esto el hecho de que las agencias, por el tema de ganar buen dinerito, te meten las dos noches en alojamientos bastante rústicos, sin calefacción, ni una misera estufa eléctrica, en los que sobre todo la segunda noche, hacía la misma temperatura en la habitación que afuera. Agrégale a eso un vaso de vino casi congelado que provocó en el estómago de Ewe una reacción estilo bomba, y ya tenemos la noche más romántica y apasionada de nuestras vidas... :-D
Y con el salar de Uyuni ponemos punto y seguido a otra etapa del viaje, se acabaron las aventuras por tierras bolivianas para comenzar una ilusionante fase por la tierra de los gauchos y el tango. Pero la llegada a Argentina y las primeras impresiones entre asados y yerba mate quedaran para el próximo post. ¡No nos abadonéis a estas alturas!
¡Un abrazo!
"Si me hubieron hecho objeto sería objetivo, pero me hicieron sujeto." José Bergamín, escritor español.
Así que desde la ya inolvidable Potosí, tomamos un nuevo bus que añadir a la lista, y rumbo al pueblo de Uyuni. Y esto a pesar de algunas informaciones no muy ilusionantes que nos habían llegado respecto al lugar y a los tours que se realizan por el salar. Como habituales protestas que suele haber en Uyuni, que suelen provocar el cierre del pueblo, tanto para salir como para entrar, noches a -20º, conductores de los tours que van borrachos y te arruinan una experiencia que podría ser maravillosa... Pero bueno, ya sabéis, fieles a nuestra filosofía, mejor experimentar las cosas por uno mismo para poder valorarlas.
Nada más llegar a Uyuni, la primero impresión fue: "¿Frío? ¡Qué exagerada es la gente! Comparado con Potosí se está de maravilla." Un gran error hacerse ilusiones de ese tipo a las 17:00, cuando el solecito calienta, y en un lugar en el que las temperaturas diurnas y nocturnas pueden oscilar los 30º de diferencia. Pero lo primero era lo primero, buscar alojamiento, el cual ya teníamos referenciado gracias a nuestro viejo amigo viajero Victor, y los segundo una vez "acomodados", buscar agencia para comenzar el tour al día siguiente.
En este sentido seguro que nadie tendrás problemas para encontrar alguna agencia en Uyuni, ya que el principal negocio del pueblo, yo creo que más incluso que la venta de sal, es el turismo gracias al salar. La oferta, similar en todas ellas, tour de 1,2 o 3 días. Para viajeros escasos de recursos económicos y/o tiempo, el tour de 1 día es su opción, centrado en la visita al salar. Para aquellos con más tiempo y algo más de dinerito, se suele escoger el tour de 3 días, al que se añaden excursiones por diferentes lagunas, paisajes desérticos, dormir en un hotel de sal... En nuestro caso, ya que de tiempo vamos sobrados y aunque no tanto de dinero, escogimos el tour de 3 días. Los precios que preguntamos fueron similares en varias agencias, unos 750 bolivianos, que aunque no es algo prohibitivo para una persona que trabaje en Europa, para una persona local es algo prácticamente imposible de afrontar... Pero como suele pasar, donde ellas extranjeritos con dinero, que se quite la gente local... Ains...
Así que tras sufrir la primera noche a temperaturas bajo cero en un hotel sin calefacción ni agua caliente, pero con el ánimo por las nubes, bien prontito por la mañana comenzamos el ansiado tour por el salar de Uyuni. Pasaríamos los 3 siguientes días la mayoría del tiempo metidos en un jeep con nuestro querido guía-conductor, y otros 4 turistas alemanes, que en un principio parecía que no impondrían su myoría lingüística y en inglés nos presentamos y comenzamos muy animadamente la excursión.
La primera parada, común para todos los tour, es el cementerio de trenes próximo a Uyuni. El hecho de que todas las agencias oferten lo mismo es lo que tiene, que al llegar a cada punto te encuentras con decenas de jeeps y centenes de turistas ejercitando el dedo índica sobre el botón de las cámaras.
Concentración de tours en el cementerio de trenes
Los "cadáveres" metálicos que habitan este cementerio, son prueba del gran desarrollo minero que esta zona de Bolivia vivió a finales del siglo XIX, lo que entre provocó la llegada del ferrocarril al país, y así mejorar la comunicación y transporte de mercancías entre diferentes localidades mineras. Sin embargo, los años no perdonan, y poco a poco aquellas máquinas tan innovadoras que andaban sobre unas barras de hierro fueron quedando en el olvido, y cual ancianos que son abandonados en el asilo, los trenes fueron formando parte de este museo al aire libre, que transmite una mezcla de historia, tristeza, perdurabilidad, y contraste entre el desierto creado por la naturaleza y la máquina creada por el hombre.
El cementerio de trenes en hora punta
Ewe cumpliendo su sueño infantil de ser maquinista
Tras abrir boca en el cementerio y hacer una parada "técnica" en la tienda de un pueblo con precios altísimos, para reponer víveres en caso necesario, comenzamos ya la incursión por el principal atractivo de aquellos días, ¡el salar!
Como no podía ser de otra forma, aquí va el clásico párrafo cultural como introducción al lugar. El salar de Uyuni es el mayor desierto de sal del mundo, con más de 10000 metros cuadrados y una media de 3650 metros sobre el mar, ocupando un área que hace más de 40000 años estaba cubierta por el lago Minchín,, y posteriormente, por el lago Tauka, llegando a un nivel de más de 100 metros por encima de la altura actual del salar. A esto siguió una época especialmente cálida y seca, provocando la reducción de los lago hasta que finalmente se secaron quedando el actual salar, el cual proporciona importantes reservas de sal, litio, potasio, boro y magnesio.
En cuanto al negocio de la sal, según nos comentaron la extracción está reservada para unas pocas comunidades cercanas al salar, en las que varias familias se dedican pala en mano a formar montículos de sal para su secado, para posteriormente cargarlas en camiones que la llevarán a las plantas de refinado.
Montículos de sal en proceso de secado y al fondo camión transportando sal seca
Nuestro "dicharachero" guía en plena explicación
Ya con la introducción teórica al salar y con los primeros "¡ooohhh!" a medida que nos adentrábamos en aquel desierto blanco que parecía no tener horizonete, nos dirigimos a la siguiente parada del día, un lugar donde almorzar y poder deleitar la imaginación para hacer las famosas fotos en perspectiva comunes en toda visita al salar. Al final, como en el proceso no sólo dependes de tu creatividad y paciencia, sino de la habilidad de la persona que te hace la foto para poder tener algo digno de enseñar, al final nos quedamos con apenas unas poquitos fotos.
Monumento de sal en honor a la etapa del Dakar 2014 que pasó por el salar
¡Estoy para comerme!
¡Fuerza polaca!
Tras hace un poco el payasete y tranquilizar los estómagos con las delicias gastrónomicas de nuestro guía-conductor-cocinero, tocaba poner rumbo a otra de las joyitas de la zona, la isla Incawasi, en quechua, la casa del inca. Esta isla, que según he podido saber, en todas las agencias te la venden erróneamente como la "isla del Pescado", ya que en realidad la isla del Pescado se encuentra a 22 kilómetros de la isla Incawasi. ¿Y qué tiene de particular esta isla para ir a visitarla? Básicamente, lo habitual en las "islas" que hay en el salar, cactus gigantescos que llegan hasta más de 10 metros, y en particular, unas vistas preciosas de 360ª de la inmensidad del salar, que junto con el claro color del cielo crean un cuadro que ni el más talentoso artista.
Isla Incawasi y sus típicos cactus
Vista del salar desde la isla
Vista del salar y el convoy de coches de los tours
Hasta aquí es lo que dió de sí el primer día del tour, y aunque no lo creáis, prácticamente hasta ahí dió de sí todo el tour, ya que en el primer día se ven, al menos en esta época y en mi opinión, los atractivos más interesantes. Todo hay que decir, que debido a la época invernal en la que estábamos, otras visitas que según te dicen son increíbles, como las lagunas coloradas, pierden todo su atractivo al estar congeladas.
Laguna colorada congelada
Por otro lado, seguro que en este sentido también influye mucho las circunstancias de cada viajero a la hora de apreciar en menor o mayor medida el tour. En mi caso, ya son muchos los lugares visitados, como desiertos sobrecogedores en Jordania y Egipto, o flamencos como los cientos vistos en México; a pesar de que cada lugar es diferente y tiene su encanto particular, creo que durante este tour las experiencias previas lograron que no apreciase en mayor medida el regalo que en esta ocasión me estaba regalando la vida.
Flamenco sobre una laguna congelada
Flamenco
En los olorosos geisers.
Geisers
Ok, estábamos en un lugar único del planeta, con el salar más grande del mundo, y paisajes difíciles de encontrar en otro lugar. Todo ello se estaba viendo empañado por otros factores, como un guía-conductor digamos... algo tímido y unos compis de viaje para nada tímidos pero algo despistados en cuanto a darse cuenta de la gente que hay a su alrededor. Pues por si esto no fuera poco, se unieron las más pesimistas predicciones meteorológicas en cuanto al frio, llegando por la noche a -20º, sumando a esto el hecho de que las agencias, por el tema de ganar buen dinerito, te meten las dos noches en alojamientos bastante rústicos, sin calefacción, ni una misera estufa eléctrica, en los que sobre todo la segunda noche, hacía la misma temperatura en la habitación que afuera. Agrégale a eso un vaso de vino casi congelado que provocó en el estómago de Ewe una reacción estilo bomba, y ya tenemos la noche más romántica y apasionada de nuestras vidas... :-D
En definitiva, fueron 3 días de tour que bien podríamos haberlos dejado en uno. Pero claro, para llegar a es conclusión hay que experimentarlo por uno mismo. Tuvimos momentos para todo, risas iniciales con los compañeros alemanes, risas posteriores con otros viajeros españoles, la paciencia a flor de piel con nuestro conductor, pero sobre todo, el recuerdo de un lugar y unos paisajes que el paso del tiempo seguro irán idealizando poco a poco, logrando que el frio pasado y el dolor de culo por pasar tanto tiempo en el coche vayan quedando en el olvido. Espero que para la gente del alojamiento de la segunda noche, también quede en el olvido la mezcla de vino con la cena que Ewe les dejó en el lavabo... jiji.
Y con el salar de Uyuni ponemos punto y seguido a otra etapa del viaje, se acabaron las aventuras por tierras bolivianas para comenzar una ilusionante fase por la tierra de los gauchos y el tango. Pero la llegada a Argentina y las primeras impresiones entre asados y yerba mate quedaran para el próximo post. ¡No nos abadonéis a estas alturas!
¡Un abrazo!
"Si me hubieron hecho objeto sería objetivo, pero me hicieron sujeto." José Bergamín, escritor español.
domingo, 27 de julio de 2014
Siguiente joya boliviana, la histórica Potosí, pero a veces la historia sigue tristemente presente
Nuestra última parada por Bolivia había sido en Sucre, la capital, la historia de Bolivia en forma de ciudad, la mayor expresión del colonialismo que hasta entonces habíamos presenciado en el país andino. Pero como muchos sabréis, no se puede hablar completamente de la historia de Bolivia, y de América en general, sin hablar de Potosí, una ciudad creada gracias al descubrimiento de un tesoro, un tesoro en forma de montaña, el emblemático Cerro Rico, protagonista de la explosión económica de América, pero a la vez, como dijo Eduardo Galeano, "Potosí, la ciudad que más ha dado al mundo y la que menos tiene".
Llegamos a Potosí sobre las 6 de la mañana, bonita hora para tratarse del invierno andino, y sobre todo para ser la ciudad con más de 100000 habitantes más alta del mundo, a un promedio de 3900 msnm, ¡vaya frío! De ese que se te mete hasta los huesitos... Bueno, paciencia, a tomar un taxi y rumbo a un hostal del que teníamos buenas referencias, sobre todo en cuanto a la celfacción y el agua caliente. Pero el viaje de 10 minutos desde la terminal de buses hasta el hostal nos deparaba una experiencia surrealista... Un "taxista" borracho llevando de copiloto a su compañero de parranda en el mismo o peor estado, que por suerte lo que es la conducción no fue del todo mala para cómo iban, pero la orientción ya era otra cosa... Menos mal que tras pasar varias veces por el mismi lugar, echamos mano del GPS del móvil, y les fuímos dirigiendo hacia el hostal, eso sí, oyendo cada 5 segundos: "ustedes tranquilos que les dejamos en la puerta misma del hostal", "ustedes no desconfíen, que sabemos cómo llegar". La paciencia es una de las virtudes que más está disfrutando de este viaje...jeje.
Bueno, ya que hemos llegado a Potosí y estamos sanos y calentitos en el hostal, hablemos un poco de su interesante historia, protagonista del pasado y presente de toda América Latina. Concretamente, hablar de la historia y origen de Potosí es hablar de la montaña que ha sido testigo y razón de la existencia de esta ciudad. el Cerro Rico, en quechúa Sumaj Orcko.
¿Os acordáis allá cuando andábamos por Perú que hablábamos mucho de los incas, su historia, su desaparición...? Pues los amigos incas llegaron incluso hasta estas tierras del sur de Bolivia, (y mucha más allá), donde uno de los principales reyes incas que conquistaron estas tierras fue Huayna Capac. El rey inca, al llegar a la zona que luego sería Potosí y ver el majestuoso cerro, comentó muy acertadamente: "Este sin duda tendrá en sus entrañas mucha plata", ¡buen ojo eh!
Así que haciendo caso de su intuición, mandó a un grupo de hombres hacia la montaña para comenzar a extraer el preciado metal. Sin embargo, en el momento en que los incas iban a empezar a excavar el cerro, oyeron un gran estruendo seguido de una voz que les dijo: "No saquéis la plata de este Cerro, porque es para otros dueños". Pasado el susto, los incas que habían presenciado la llamada divina se fueron rápidamente al encuentro de Huayna Capac para avisarle de lo sucedido, mientras le contaban la anécdota, expresaron la palabra "Potocsi", que en quechúa significa "dio un gran estruendo", palabra que con la habitual costumbre de los españoles, incluso hoy en día, de adaptar todo a su idioma, se convirtió finalmente en el nombre de la localidad, Potosí. Tal advertencia procedente según ellos creyeron de la propia Pacha Mama, la Madre Tierra, no podía ser ignorada, así que a pesar de tener al alcance de la mano ese suculento caramelo, prefirieron hacer casoy dejar la montaña intacta hasta que llegasen sus "verdaderos dueños". Para lo cual no hubo que esperar mucho, ya que 83 años después, los colonizadores españoles descubrieron el cerro, y para estos ni voces divines ni Pacha Mamas que les detenga, la vocecita de la ambición, el ego y el poder era mucho más dominante para ello.
Gracias a la plata extraída del Cerro Rico, Potosí se convirtió en el centro económico de los virreinatos de Perú y Río La Plata, lo que provocó a su vez un crecimiento caótico de la ciudad a pies de la montaña, la cual experimentó un aumento rapidísimo de la población, llegando incluso a tener más habitantes que la ciudad española de Sevilla. Tal fue la importancia que adquirió Potosí, que en 1572 se comenzó con la construcción de la Primera Casa de la Moneda de Potosí, abastecedoraa principal de monedas para el reindado español. Esta Casa de la Moneda, no escapó a la dualidad reinante hasta hoy en día, y aunque supuso suculentos beneficios para algunos, también supuso la desgracia para otros. Ya que la mano de obra necesaria en la Casa de la Monedaa supuso la llegada de esclavos negros procedentes de África, que junto a esclavos indígenas sufrieron las inhumanas condiciones del trabajo de acuñación entre ardientes hornos, tóxicos gases y esfuerzos sobrehumanos. Estas condiciones, provocaban que junto con el gélido clima de la zona, la mayoría de esclavos apenas durasen unos años de trabajo.
A mediados del siglo XVIII, se produjo una gran crisis de la corona española, en gran parte causada por una nobleza de lujos e improductiva y guerras inútiles, (mmhh... parece una prueba más que la historia no parece tan historia). Como solución, se intentó impulsar de nuevo la plata de Potosí, y entre las medidas se proyectó la construcción de una Segunda Casa de la Moneda, con técnicas e infraestructura más modernas, no escatimando en gastos. Hasta extremos en que al finalizar la construcción de la nueva Casa de la Moneda, el rey español Carlos III, comentó al enterarse de los costos de la obra: "¡todo el edificio debe estar hecho de plata pura!".
De esta forma, hasta 1825, la cosa siguió más o menos estable, los españoles seguían sangrando la montaña y las personas, y se frotaban las patitas antes tal fuente inagotable de metal precioso. Pero ese mismo año, con la creación de la República Independiente de Bolivia, se pasa de la fabricación de moneda española a la moneda republicana, hasta 1953, cuando finalizó el trabajo de producción de la Casa de la Moneda para posteriormente pasar a ser el actual museo. Se cerró así una época de 400 años que marcó no sólo la historia de Bolivia, sino de todo América.
O quizá esta historia no esté del todo cerrada para algunos... Actualmente, el trabajo minero en el Cerro Rico sigue siendo la principal actividad económica de Potosí. Evidentemente los españoles ya se encargaron de prácticamente agotar las reservas de plata, pero aún hoy en día se puede estrujar un poquito más a la agotada montaña, y seguir sacando minerales como zinc, estaño y plata de baja calidad. Pero aunque parezca mentira, aún se puede explotar un poquito más al famoso Cerro Rico, aunque no a través de sus entrañas, sino a través de su historia y su presente, a través de voraces turistas deseosos de en su camino ver cuanto más cosas emocionantes mejor, lo cual evidentemente es aprovechado por decenas de agencias de turismo, que ofrecen infinitos números de tours para visitar una mina y hacer las delicias de cámaras fotográficas sin escrúpulos.
El formato de los tours, prácticamente en todas las agencias es lo mismo. Pagas entre 60 y 150 bolivianos, (unos 7 a 16 €), de los que supuestamente 10 van para los mineros de la mina a visitar. Tras comentarte que vivirás una experiencia única e inolvidable, de lo cual no les falta razón, te llevan hacia la primera parada, el barrio de los mineros, concretamente al mercado minero, donde te aconsejan comprar agún regalo para los mineros que te puedas ir encontrando en la mina. Los productos estrella: hojas de coca, la inseparable amigo de los mineros y bolivianos en general, que ayuda con el mal de altura y según dicen con la inhalación de los gases del interior de la mina; botellas de refrescos gaseosos, para calmar el sofocante calor de las minas y de paso meter un poco de azúcar al cuerpo para aguantar el trabajo; cartuchos de dinamita con los que los trabajadores puedan seguir sangrando la montaña, y con suerte para el turista más intrépido, podrá presenciar cómo detonan el explosivo delante de tus ojos.
Tras comprar los regalitos, toca el turno de los disfraces. Mono de trabajo, casco, botas, luz frontal y una mochila-saco donde proteger la caḿara de que se golpee o ensucie dentro de la mina, yendo más protegida que incluso la mayoría de los mineros. Una vez enfundado el disfraz de turista-minero, toca subir al colectivo para dirigirse hacia la entrada a la mina, transporte en el que los turistas-mineros nos juntamos con los trabajadores-mineros. A simple vista, apenas hay diferencias, aparte de claro está las cámaras de fotos y las diferencias de rasgos físicos. Pero mirando bien las caras, en los turistas-mineros se observa esa chispa de emoción, esa ilusión por descubrir un nuevo mundo, que se convertirá en su propio mundo durante un par de horas. En los trabajadores-mineros, sin embargo, no se percibe chispa alguna, quizá en algunos la provocada por las hojas de coca y el alcohol ingerido como preparativos para la jornada laboral, no hay sonrisas, apenas hay intercambio de palabras, en ellos no hay ilusión por descubrir un mundo nuevo, ya que ese mundo lo conocen de sobra, ese mundo es el que día a día les sumerge más y más en la oscuridad, no sólo física, sino también interior.
Ya llegados a la entrada de la mina, empiezan las explicaciones sobre la situación del trabajo minero en el Cerro Rico. Básicamente existen 3 tipos de minas: privadas, estatales y las cooperativas. Según me contaron, en las privadas es en las que un minero consigue una mayor estabilidad laboral y mejores condiciones de seguridad, mientras que en las cooperativas, las más comunes, existe un persona o personas propietarios de los derechos de explotación de un trozo de mina, es decir, cuanto más mineral saques más dinerito para el bolsillo. Un cuchillo de doble filo, no hay regulaciones en cuanto a los límites de tiempo que un minero puede trabajar al día o a la semana, cuanto más trabajas más ganas, lo que hace que la mayoría de cooperativistas dediquen la mayor parte de su vida a la oscuridad de la mina. Así podrán algún día comprar la deseada casa, o dar una buena educación a sus hijos, ya que desgraciadamente sigue existiendo ese prejuicio económico en la educación. Pero... ¿a costa de qué estos mineros pretende dar una "buena" vida a su familia? Prácticamente de la vida.
Evidentemente, para saber todo esto que os estoy contando sobre las penurias que pasa un minero, no es para nada necesario hacer un tour a las minas. Tanto Ewe como yo hablamos bastante del asunto, leímos diferentes blogs y foros de viajeros sobre experiencias en la visita a las minas de Potosí, en todo lo que leímos, una impresión común, del tipo: "no te puedes ir de Potosí sin visitar las minas", "una experiencia increíble y extrema", bla, bla, bla... Ya durante el viaje nos hemos encontrado atracciones turísticas que ponen en evidencia el interés humano por sentirse vivo a través de la adrenalina, atracciones que nos cuesta bastante entender dicho emoción de jugarse la vida. Pero en este caso, estamos hablando de todo un circo con el ser humano como centro de atención. Tras hablar del tema, llegamos a la conclusión que es vergonzoso que actividades así se realicen. Que miles de turistas, con la adrenalina a tope por entrar en ese mundo desconocido, lleno de gases y calor asfixiante, con sus cámaras en plena acción, asistan al trabajo diario de las minas, regalen hojas de coca y gaseosas a los mineros como si fuesen animales en la jaula de un zoo, e incluso pidan que les dejen una pala para sacarse una foto en modo minero para hacer las delicias de su perfil de Facebook.
A pesar de llegar a estas conclusiones, por mi parte decidí participar en uno de los tours. ¿El motivo después de todo lo que he dicho hasta ahora? Básicamente que nos pareció sorprendente que entre tantos viajeros que habían visitado las minas, prácticamente ninguno se hiciese eco de las implicaciones sociales y humanas que todo este negocio envuelve, y a través de mis propios ojos y experiencia queríamos contar en el blog la realidad que viví dentro de la mina. No tanto una realidad sobre el calor que hacía o la sensación de agobio, sino una realidad humana, a través de preguntas hechas al guía relacionadas con la dignidad y valores humanos.
Como era de esperar, ante varias preguntas que fui haciendo sobre el tema, tanto el propio guía como otros turistas con los que hice el tour, reaccionaron como era de esperar. "Estos mineros tienen una familia, y necesitan ganar dinero como sea para dar de comer a sus hijos", "tú eres europeo, y es fácil decir que ninguna persona debería realizar un trabajo así habiendo crecido en las condiciones que tú has hecho". Mirad, no soy padre, pero igual que todos vosotros, soy hijo. Y como tal, si tengo que escoger entre un padre que me paga un colegio privado de lujo, y me proporciona un hogar y comida cada día, pero a costa de apenas verle durante todo el día, y el poco tiempo que le veo es con ese aliento a alcohol, y ese rostro cabizbajo que apenas se atreve a mirar a las personas a la cara; o un padre que quizá no gane tanto dinero, quizá pase algo de frio en la casa donde vivimos, quizá tenga que comer lo mismo la mayoría de días, pero a cambio disfruto de su compañía cada día y puedo contarle cada día como me fue en el colegio. Yo al menos tengo clara mi elección.
Porque con todo esto no estoy hablando de mineros, ni de bolivianos, ni de gente que nace en Potosí, sino que estoy hablando de algo universal. Como es el hecho de responsabilizarnos de nuestra vida, todos creamos la vida que tenemos a través de nuestras decisiones. Por supuesto que factores como el lugar donde nacemos o nuestra familia hacen el camino diferente, pero no son una excusa para decir que no tenemos otra opción. No me creo que TODAS las personas nacidas en Potosí en una familia económicamente humilde, no hayan tenido otra opción que la de trabajar en la mina. Mientras haya una sola persona de Potosí que haya conseguido ganarse la vida de forma digna, saludable, que le permita desarrollarse como persona y como padre de familia, querrá decir que siempre hay otra opción.
¡Un abrazo!
La disposición a aceptar la responsabilidad de nuestra propia vida, es el origen de donde surge el autorespeto.. Joan Didion, escritora y periodista estadounidense.
Llegamos a Potosí sobre las 6 de la mañana, bonita hora para tratarse del invierno andino, y sobre todo para ser la ciudad con más de 100000 habitantes más alta del mundo, a un promedio de 3900 msnm, ¡vaya frío! De ese que se te mete hasta los huesitos... Bueno, paciencia, a tomar un taxi y rumbo a un hostal del que teníamos buenas referencias, sobre todo en cuanto a la celfacción y el agua caliente. Pero el viaje de 10 minutos desde la terminal de buses hasta el hostal nos deparaba una experiencia surrealista... Un "taxista" borracho llevando de copiloto a su compañero de parranda en el mismo o peor estado, que por suerte lo que es la conducción no fue del todo mala para cómo iban, pero la orientción ya era otra cosa... Menos mal que tras pasar varias veces por el mismi lugar, echamos mano del GPS del móvil, y les fuímos dirigiendo hacia el hostal, eso sí, oyendo cada 5 segundos: "ustedes tranquilos que les dejamos en la puerta misma del hostal", "ustedes no desconfíen, que sabemos cómo llegar". La paciencia es una de las virtudes que más está disfrutando de este viaje...jeje.
Calle de Potosí
Bueno, ya que hemos llegado a Potosí y estamos sanos y calentitos en el hostal, hablemos un poco de su interesante historia, protagonista del pasado y presente de toda América Latina. Concretamente, hablar de la historia y origen de Potosí es hablar de la montaña que ha sido testigo y razón de la existencia de esta ciudad. el Cerro Rico, en quechúa Sumaj Orcko.
Plaza de Potosí, con el Cerro Rico al fondo
¿Os acordáis allá cuando andábamos por Perú que hablábamos mucho de los incas, su historia, su desaparición...? Pues los amigos incas llegaron incluso hasta estas tierras del sur de Bolivia, (y mucha más allá), donde uno de los principales reyes incas que conquistaron estas tierras fue Huayna Capac. El rey inca, al llegar a la zona que luego sería Potosí y ver el majestuoso cerro, comentó muy acertadamente: "Este sin duda tendrá en sus entrañas mucha plata", ¡buen ojo eh!
Así que haciendo caso de su intuición, mandó a un grupo de hombres hacia la montaña para comenzar a extraer el preciado metal. Sin embargo, en el momento en que los incas iban a empezar a excavar el cerro, oyeron un gran estruendo seguido de una voz que les dijo: "No saquéis la plata de este Cerro, porque es para otros dueños". Pasado el susto, los incas que habían presenciado la llamada divina se fueron rápidamente al encuentro de Huayna Capac para avisarle de lo sucedido, mientras le contaban la anécdota, expresaron la palabra "Potocsi", que en quechúa significa "dio un gran estruendo", palabra que con la habitual costumbre de los españoles, incluso hoy en día, de adaptar todo a su idioma, se convirtió finalmente en el nombre de la localidad, Potosí. Tal advertencia procedente según ellos creyeron de la propia Pacha Mama, la Madre Tierra, no podía ser ignorada, así que a pesar de tener al alcance de la mano ese suculento caramelo, prefirieron hacer casoy dejar la montaña intacta hasta que llegasen sus "verdaderos dueños". Para lo cual no hubo que esperar mucho, ya que 83 años después, los colonizadores españoles descubrieron el cerro, y para estos ni voces divines ni Pacha Mamas que les detenga, la vocecita de la ambición, el ego y el poder era mucho más dominante para ello.
La base del Cerro Rico
Gracias a la plata extraída del Cerro Rico, Potosí se convirtió en el centro económico de los virreinatos de Perú y Río La Plata, lo que provocó a su vez un crecimiento caótico de la ciudad a pies de la montaña, la cual experimentó un aumento rapidísimo de la población, llegando incluso a tener más habitantes que la ciudad española de Sevilla. Tal fue la importancia que adquirió Potosí, que en 1572 se comenzó con la construcción de la Primera Casa de la Moneda de Potosí, abastecedoraa principal de monedas para el reindado español. Esta Casa de la Moneda, no escapó a la dualidad reinante hasta hoy en día, y aunque supuso suculentos beneficios para algunos, también supuso la desgracia para otros. Ya que la mano de obra necesaria en la Casa de la Monedaa supuso la llegada de esclavos negros procedentes de África, que junto a esclavos indígenas sufrieron las inhumanas condiciones del trabajo de acuñación entre ardientes hornos, tóxicos gases y esfuerzos sobrehumanos. Estas condiciones, provocaban que junto con el gélido clima de la zona, la mayoría de esclavos apenas durasen unos años de trabajo.
Representaciones de esclavos trabajando en la Casa de la Moneda
A mediados del siglo XVIII, se produjo una gran crisis de la corona española, en gran parte causada por una nobleza de lujos e improductiva y guerras inútiles, (mmhh... parece una prueba más que la historia no parece tan historia). Como solución, se intentó impulsar de nuevo la plata de Potosí, y entre las medidas se proyectó la construcción de una Segunda Casa de la Moneda, con técnicas e infraestructura más modernas, no escatimando en gastos. Hasta extremos en que al finalizar la construcción de la nueva Casa de la Moneda, el rey español Carlos III, comentó al enterarse de los costos de la obra: "¡todo el edificio debe estar hecho de plata pura!".
Fachada de la Segunda Casa de la Moneda
Patio principal de la Casa de la Moneda
De esta forma, hasta 1825, la cosa siguió más o menos estable, los españoles seguían sangrando la montaña y las personas, y se frotaban las patitas antes tal fuente inagotable de metal precioso. Pero ese mismo año, con la creación de la República Independiente de Bolivia, se pasa de la fabricación de moneda española a la moneda republicana, hasta 1953, cuando finalizó el trabajo de producción de la Casa de la Moneda para posteriormente pasar a ser el actual museo. Se cerró así una época de 400 años que marcó no sólo la historia de Bolivia, sino de todo América.
O quizá esta historia no esté del todo cerrada para algunos... Actualmente, el trabajo minero en el Cerro Rico sigue siendo la principal actividad económica de Potosí. Evidentemente los españoles ya se encargaron de prácticamente agotar las reservas de plata, pero aún hoy en día se puede estrujar un poquito más a la agotada montaña, y seguir sacando minerales como zinc, estaño y plata de baja calidad. Pero aunque parezca mentira, aún se puede explotar un poquito más al famoso Cerro Rico, aunque no a través de sus entrañas, sino a través de su historia y su presente, a través de voraces turistas deseosos de en su camino ver cuanto más cosas emocionantes mejor, lo cual evidentemente es aprovechado por decenas de agencias de turismo, que ofrecen infinitos números de tours para visitar una mina y hacer las delicias de cámaras fotográficas sin escrúpulos.
El formato de los tours, prácticamente en todas las agencias es lo mismo. Pagas entre 60 y 150 bolivianos, (unos 7 a 16 €), de los que supuestamente 10 van para los mineros de la mina a visitar. Tras comentarte que vivirás una experiencia única e inolvidable, de lo cual no les falta razón, te llevan hacia la primera parada, el barrio de los mineros, concretamente al mercado minero, donde te aconsejan comprar agún regalo para los mineros que te puedas ir encontrando en la mina. Los productos estrella: hojas de coca, la inseparable amigo de los mineros y bolivianos en general, que ayuda con el mal de altura y según dicen con la inhalación de los gases del interior de la mina; botellas de refrescos gaseosos, para calmar el sofocante calor de las minas y de paso meter un poco de azúcar al cuerpo para aguantar el trabajo; cartuchos de dinamita con los que los trabajadores puedan seguir sangrando la montaña, y con suerte para el turista más intrépido, podrá presenciar cómo detonan el explosivo delante de tus ojos.
Vendedora de coca en el mercado minero
Tras comprar los regalitos, toca el turno de los disfraces. Mono de trabajo, casco, botas, luz frontal y una mochila-saco donde proteger la caḿara de que se golpee o ensucie dentro de la mina, yendo más protegida que incluso la mayoría de los mineros. Una vez enfundado el disfraz de turista-minero, toca subir al colectivo para dirigirse hacia la entrada a la mina, transporte en el que los turistas-mineros nos juntamos con los trabajadores-mineros. A simple vista, apenas hay diferencias, aparte de claro está las cámaras de fotos y las diferencias de rasgos físicos. Pero mirando bien las caras, en los turistas-mineros se observa esa chispa de emoción, esa ilusión por descubrir un nuevo mundo, que se convertirá en su propio mundo durante un par de horas. En los trabajadores-mineros, sin embargo, no se percibe chispa alguna, quizá en algunos la provocada por las hojas de coca y el alcohol ingerido como preparativos para la jornada laboral, no hay sonrisas, apenas hay intercambio de palabras, en ellos no hay ilusión por descubrir un mundo nuevo, ya que ese mundo lo conocen de sobra, ese mundo es el que día a día les sumerge más y más en la oscuridad, no sólo física, sino también interior.
Mineros y turista australiano, ¿Oberváis quién es el único que sonríe en la foto?
Ya llegados a la entrada de la mina, empiezan las explicaciones sobre la situación del trabajo minero en el Cerro Rico. Básicamente existen 3 tipos de minas: privadas, estatales y las cooperativas. Según me contaron, en las privadas es en las que un minero consigue una mayor estabilidad laboral y mejores condiciones de seguridad, mientras que en las cooperativas, las más comunes, existe un persona o personas propietarios de los derechos de explotación de un trozo de mina, es decir, cuanto más mineral saques más dinerito para el bolsillo. Un cuchillo de doble filo, no hay regulaciones en cuanto a los límites de tiempo que un minero puede trabajar al día o a la semana, cuanto más trabajas más ganas, lo que hace que la mayoría de cooperativistas dediquen la mayor parte de su vida a la oscuridad de la mina. Así podrán algún día comprar la deseada casa, o dar una buena educación a sus hijos, ya que desgraciadamente sigue existiendo ese prejuicio económico en la educación. Pero... ¿a costa de qué estos mineros pretende dar una "buena" vida a su familia? Prácticamente de la vida.
Minero en plena faena sin apenas espacio
Evidentemente, para saber todo esto que os estoy contando sobre las penurias que pasa un minero, no es para nada necesario hacer un tour a las minas. Tanto Ewe como yo hablamos bastante del asunto, leímos diferentes blogs y foros de viajeros sobre experiencias en la visita a las minas de Potosí, en todo lo que leímos, una impresión común, del tipo: "no te puedes ir de Potosí sin visitar las minas", "una experiencia increíble y extrema", bla, bla, bla... Ya durante el viaje nos hemos encontrado atracciones turísticas que ponen en evidencia el interés humano por sentirse vivo a través de la adrenalina, atracciones que nos cuesta bastante entender dicho emoción de jugarse la vida. Pero en este caso, estamos hablando de todo un circo con el ser humano como centro de atención. Tras hablar del tema, llegamos a la conclusión que es vergonzoso que actividades así se realicen. Que miles de turistas, con la adrenalina a tope por entrar en ese mundo desconocido, lleno de gases y calor asfixiante, con sus cámaras en plena acción, asistan al trabajo diario de las minas, regalen hojas de coca y gaseosas a los mineros como si fuesen animales en la jaula de un zoo, e incluso pidan que les dejen una pala para sacarse una foto en modo minero para hacer las delicias de su perfil de Facebook.
A pesar de llegar a estas conclusiones, por mi parte decidí participar en uno de los tours. ¿El motivo después de todo lo que he dicho hasta ahora? Básicamente que nos pareció sorprendente que entre tantos viajeros que habían visitado las minas, prácticamente ninguno se hiciese eco de las implicaciones sociales y humanas que todo este negocio envuelve, y a través de mis propios ojos y experiencia queríamos contar en el blog la realidad que viví dentro de la mina. No tanto una realidad sobre el calor que hacía o la sensación de agobio, sino una realidad humana, a través de preguntas hechas al guía relacionadas con la dignidad y valores humanos.
Como era de esperar, ante varias preguntas que fui haciendo sobre el tema, tanto el propio guía como otros turistas con los que hice el tour, reaccionaron como era de esperar. "Estos mineros tienen una familia, y necesitan ganar dinero como sea para dar de comer a sus hijos", "tú eres europeo, y es fácil decir que ninguna persona debería realizar un trabajo así habiendo crecido en las condiciones que tú has hecho". Mirad, no soy padre, pero igual que todos vosotros, soy hijo. Y como tal, si tengo que escoger entre un padre que me paga un colegio privado de lujo, y me proporciona un hogar y comida cada día, pero a costa de apenas verle durante todo el día, y el poco tiempo que le veo es con ese aliento a alcohol, y ese rostro cabizbajo que apenas se atreve a mirar a las personas a la cara; o un padre que quizá no gane tanto dinero, quizá pase algo de frio en la casa donde vivimos, quizá tenga que comer lo mismo la mayoría de días, pero a cambio disfruto de su compañía cada día y puedo contarle cada día como me fue en el colegio. Yo al menos tengo clara mi elección.
Porque con todo esto no estoy hablando de mineros, ni de bolivianos, ni de gente que nace en Potosí, sino que estoy hablando de algo universal. Como es el hecho de responsabilizarnos de nuestra vida, todos creamos la vida que tenemos a través de nuestras decisiones. Por supuesto que factores como el lugar donde nacemos o nuestra familia hacen el camino diferente, pero no son una excusa para decir que no tenemos otra opción. No me creo que TODAS las personas nacidas en Potosí en una familia económicamente humilde, no hayan tenido otra opción que la de trabajar en la mina. Mientras haya una sola persona de Potosí que haya conseguido ganarse la vida de forma digna, saludable, que le permita desarrollarse como persona y como padre de familia, querrá decir que siempre hay otra opción.
¡Un abrazo!
La disposición a aceptar la responsabilidad de nuestra propia vida, es el origen de donde surge el autorespeto.. Joan Didion, escritora y periodista estadounidense.
lunes, 21 de julio de 2014
Crónica de una excursión por las comunidades Jalq'a, ¿quién dijo miedo?
Durante nuestra muy agradable estancia de 7 días en Sucre, la capital de Bolivia, tuvimos la opotunidad de visitar el más que recomendable Museo de Arte Indígena, gestionado por la organización ASUR, cuya misión es preservar las tradiciones y cultura de las comunidades indígenas de la región de Chuquisaca, principalmente las comunidades Jalq'a y Tarabuco. Estas comunidades, son conocidas sobre todo por sus danzas y trajes en la época de carnaval, pero especialmente por la creación de un tipo de textiles que van más allá del mero uso estético. Representan además una cultura, en muchos casos una determinada etnia, un determinado nivel social, e incluso las visiones que sus creadoras poseen acerca de los mundos que forman el todo en la cultura andina.
La organización ASUR, está llevando a cabo un programa de desarrollo del arte textil entre estas comunidades, no sólo como preservación de una tradición milenario, sino además como un recurso económico para estos pueblos marcados por una pobreza extrema, y como una forma de posicionar el papel de la mujer, ya que estos textiles son exclusivos de manos femeninas, (últimamente los hombres se están aventurando también en este arte, alterados al ver que las mujeres iban cobrando protagonismo, pero creedme que los ejemplos que vimos de textiles de manos femeninas y masculinas no tienen comparación).
Durante la visita al museo, visitas diferentes salas, cada una dedicada a las diferentes comunidades en las que se intenta preservar el arte del textil. Así, se puede aprender las diferencias entre los textiles de cada zona. Como por ejemplo en la región Jalq'a, donde los textiles (piezas rectangulares conocidas como "aqsus"), están dedicados a representaciones del inframundo, del mundo que nos es perceptible de forma directa, del mundo caótico que no sigue los leyes de la sociedad ni la naturaleza. Así, utilizando lana de oveja y alpaca, las mujeres jalq'a crean dibujos que evocan desorden, caos, animales imaginarios habitantes de ese inframundo, también conocidos como khurus, usando básicamente el color rojo para los símbolos y el negro para el fondo representado la oscuridad del mundo inferior.
Y por el lado de la comunidad de Tarabuco, sus aqsus de lana de oveja y algodón, representan el mundo intermedio, el mundo en el que nos encontramos. Para ello, emplean una distribución simétrica y ordenada, con colores más claros, y utilizando símbolos que van desde llamas, a pájaros, burros o personas, según palabras de las propias tejedoras, en sus piezas evocan "todo lo que vemos".
La verdad que durante la visita al museo, en el que te ofrecen decenas de textiles, de gran belleza, creatividad y trabajo, y muy buenas explicaciones, te sumerges en estas comunidades, y genera en tu interior una agradable sensación al saber que tradiciones tan bellas, creativas y espirituales se están intentado preservar como medio económico, social y creativo en pueblos con muy pocos recursos. O... ¿quizá todo esto era demasiado bonito para ser verdad? Durante el viaje hemos visitado muchos museo, hablado con muchas personas, que nos cuentan sobre comunidades que hace tal o cual cosa. En la mayoría de casos, nos quedamos con la impresión generada por las palabras de estas personas o explicaciones de los museos, pero en este caso, la curiosidad había entrado más profundamente. De forma que aprovechando que una pareja de viajeros franceses que conocimos en Cochabamba nos recomendó ir a visitar varias comunidades Jalq'a, y que el gusanillo de la curiosidad por comprobar si todo lo visto en el museo era cierto, me reservé un par de días para perderme por las montañas del altiplano y visitar varias comunidades Jalq'a. Pero para contaros esta experiencia, no lo haré al estilo habitual del blog, sino que os lo narraré de forma secuencial, como una crónica. ¿Por qué? Básicamente porque mientras viví esta experiencia de dos días me iba imaginando el contarlo de esta manera, así que de la mente al teclado, ahí va la crónica:
¿El plan para los dos próximos días? Visitar tres comunidades Jalq'a: Chaunaca, Maragua y Potolo, a unos 50 km de Sucre, perdidas en medio de las montañas. Para ello primero había de tomar un transporte hasta una ermita en medio de la nada, llamada ermita de Chantaquila. Desde ahí comienza un camino inca que baja por la montaña hasta el pueblo de Chaunaca, de Chaunaca caminata por las montañas hasta Maragua. Pernoctar en el pueblo, y al día siguiente nueva pateada hasta Potolo, donde podría tomar el transporte de regreso a Sucre.
Así que llega el Martes por la mañana, arriba bien prontito que según la información más exigente, el transporte hacia la ermita de Chantaquila salía de Sucre sobre las 8:30 de la mañana, aunque a decir verdad, a cada persona que pregunté sobre ello me dijo una hora diferente, algo habitual en Bolivia al pedir información, pero en estos casos mejor hacer caso de la hora más temprana. Mochila lista, guantes, gorro, mallas para el frio, que estamos en invierno en esta zonas, algunos bocadillos y fruta, que yendo a pueblos remotos, y siendo vegetariano, la alimentación no estará para nada asegurada. De manera que salgo del hostal, tomo el bus número 1 que por 1,5 bolivianos me lleva hasta el paradero del transporte hacia Chantaquila. Llego a las 8:25, buena hora para satisfacer las previsiones de horario más pesimistas. Por si no habíamos probado ya suficientes tipos de transporte durante el viaje, hoy apuntaría uno más a la lista, el camión. Ya estaba avisado de ello, así que tampoco fue una sorpresa. Pregunto por el camión para ir hacia Chantaquila, me señalan un viejo trasto que en ese momento llevaba cargadas en la parte trasera unas 8 cholitas, (mujeres mestizas vestidas con trajes tradicionales), con sus sacos de patatas o de ropa. Bueno, no es el la forma de viajar más cómoda, pero al menos podré tener espacio e ir sentadito en la parte de atrás del camión. ¡Primer error!
¿Conocéis el chiste de "¿cómo se mete a 20 vascos en un Seat 600? Diciéndoles que no pueden." Bueno, pues algo así viví durante las casi 2 horas que estuve dentro de aquel camión antes de que arrancase. Sube una familia con sus 3 hijos, 2 sacos de patatas de unos 20 litros, y un cordero entre los brazos de uno de los niños, suben un par más de cholitas, con sacos enormes de ropa, sube un matrimonio, suben 10 barriles de no sé qué... Y así durante 2 horas, un no parar de subir personas y mercancía. No os exagero si estaríamos ahí metidos unas 100 personas, evidentemente, la mayoría subidas a los sacos de mercancía ya que no quedaba apenas un centímetro cuadrado libre en el suelo. En fin, parecía que el viaje iba a ser algo más incómodo de los previsto, ¡pero se puede con eso y más!
Después de 30 minutos de viaje por carretera asfaltada, abandonamos el paraíso de cemento para pasar a un camino de tierra, y así empezar a literalmente comer tierra a medida que avanzábamos. ¡Mierda! Se me empieza a dormir un pie, pero imposible moverlo, intento usar el comodín de mi musculatura para tratar de mover a una cholita que tenía atrapada mi pierna, misión imposible. Una cadera y unas piernas que han vivido seguramente más de 6 partos son demasiado para mí... Por fin después de mas de hora y media de calambres, posturas inverosímiles, y presenciar como la gente tiraba la basura de lo que iba comiendo a la carretera, algo habitual en sudamérica, un señor local que me hizo más ameno el viaje con su charla, me avisa que ya estamos llegando a la ermita de Chantaquila. Como parece que alguien se olvidó de instalar el botón de parada en el camión, tras varios golpes en la pared y la mano dormida, el conductor para, le pago los 10 bolivianos por el viaje, y me despido de la gran y fugaz familia con la que conviví tan estrechamente durante el viaje.
Ok, ya estoy en el inicio de la ruta, la ermita de Chantaquila, literalmente en medio de la nada. Cuando me dijeron que donde debía bajarme habría una ermita no mintieron, había una ermita y nada más.
Se supone que junto a la ermita debía comenzar el camino inca que me llevaría hasta Chaunaca, la primera comunidad Jalq'a, pero ni rastro del camino. Así que como "experimentado" montañero y explorador, decido subir a una colina que había al lado para intentar encontrar el camino desde lo alto. ¡Bingo! A unos 10 metros siguiendo el camino en el que me había dejado el camión parecía que comenzaba un camino empedrado. Así que ya con la tranquilidad de encontrar la ruta que me llevaría montaña abajo durante dos horas hasta Chaunaca, recargo energías con un bocadillo y algo de fruta, y comienza la caminata.
La ruta por el camino inca se hace muy agradable, con una senda restaurada muy cómoda, y unos paisajes típicos del altiplano boliviano, con poca vegetación, pero un horizonte interminable de montañas.
Después de casi dos horas bajando y bajando, y sin cruzarme con ningún alma, a lo lejos ya empiezo a percibir algunas casitas que deben ser el pueblo de Chaunaca. Eso sí, 1 km antes de llegar al pueblo, tocó pagar el peaje por el uso del camino inca, peaje en forma de cholita que gustosamente cogió los 10 bolivianos de los que no había manera de librarse. Llegando a Chaunaca, mi imaginación ya empieza a dar rienda suelta con las primeras mujeres locales tejiendo los famosos textiles Jalq'a en la puerta de sus casas. Nada más lejos de la realidad, todos los textiles que pude ver en Chaunaca fueron los de mi mente. En el "centro" del pueblo había unas 4 casas, un colegio-centro de salud-dentista en el mismo edificio, y por supuesto, la sede de la mayor empresa mundial, la iglesia. Pregunto a un par de hombres que están realizando una obra en la entrada al pueblo a ver si no hay nadie viviendo por allí, me dicen que la gente está en el campo trabajando, y que hasta el atardecer no vuelven. Por supuesto, nada de esperar ver a tejedoras en plena acción. Bueno, no pasa nada, las comunidades más famosas por sus textiles son las otras dos que quedan por visitar, ¡a positivismo no me gana nadie!
De forma que tras otro bocadillo y un plátano para seguir el camino, en pie y a seguir pateando hacia el siguiente destino en el que pasaría la noche, Maragua. Según la información que tenía, me esperaba una caminata de unas 3 horas, casi siempre subiendo por las laderas de las montañas del altiplano. Así que vamos para allá, cuanto antes empiece antes acabaré. Pero... algo va mal... un retortijón repentino hace que un escalofrío recorra todo mi cuerpo. ¿Las causas? En un viaje como este pueden ser varias, desde el queso de los bocadillos que ya cuando los preparé el día anterior desprendían un olor cuiroso, hasta los plátanos hechos papilla tras el acogedor viaje en camión. Aunque en esos momentos el elemento causante es lo de menos, lo principal es buscar un rinconcillo donde dejar marcadas las montañas bolivianas. Tras pasar la urgencia, ahora sí, ¡rumbo a Maragua!
El camino como era de esperar, se trataba de una carretera de tierra que bordeaba las montañas, sin apenas una sombra en la que protegerse, y subidas continuas que ponían a prueba la resistencia. Todo ello, teniendo en cuenta que lo poco que había comido durante el día se había quedado como abono unos metros más atrás, hicieron bastante durillo el ejercicio. Al igual que al inicio del día, ni un alma con la que cruzarme en todo el camino.¡Espera! Allí al fondo parece que hay una pareja de locales con una niña pequeña que van en dirección a Maragua, ¡a intentar alcanzarle! Un poco de compañía no va mal en estos lugares tan remotos. Y casualidades de la vida, resulta que era el matrimonio que románticamente habían ido pegaditos a mi durante el viaje en el camión. Tras unos metros charlando sobre el sentido de la vida, y al ver que llevaban un ritmo tranquilito, me despido de ellos y sigo con la solitaria excursión. Eso sí, parece que la niña que iba con ellos tenía el espíritu competitivo bastante desarrollado y aceleró el paso para ir detrás mío. ¡Y en qué momento!... ¡Nuevo retortijón! Y esta vez, con una niña que cual Fernando Alonso no dejaba de ir a mi rebufo. No me quedó otra que apretar nalga contra nalga, echar mano de las últimas reservas de energía, y meter un esprint que dejase claro a la simpática niñita que a un vasco yéndose por la pata abajo no se le sigue por las montañas.
Así que después de varios metros que ni Usain Bolt me hubiese visto, parece que el camino está despejado, unos metros ladera arriba, y a volver a abonar el terreno. Por suerte, parecía que la niñita y la pareja o bien habían tomado una ruta alterna, o habían percibido al acercarse las nuevas fragancias del altiplano boliviano y habían dado media vuelta, porque no les volví a ver. Sea como fuere, de nuevo la urgencia pasó, y ya me encontraba a apenas 30 minutos de Maragua, donde seguro que esta vez sí podría ver satisfechas mis ansias por descubrir los secretos de la elaboración de los textiles Jalq'a. Sin embargo, mis esperanzas empezaron a verse truncadas al ver el panorama que me presentaba el pueblo...
Pero antes de desanimarme del todo, lo primero era lo primero, encontrar un lugar donde pasar la noche. Según me habían comentado en Sucre, en Maragua existen unas cabañas turísticas, gestionadas por la comunidad, pero a un precio algo alto para tratarse de un pueblo que te recorres de punta a punta en 2 minutos. Aparte de estas cabañas, había leído que si preguntabas a la gente del pueblo, era probable que alguien te ofreciese alojamiento sencillito en su casa, con cena, desayuno, a buen precio, y con suerte quizá hasta presenciando la labor de una tejedora. Bueno, lo primero para probar esta última atractiva opción, era encontrar gente a la que preguntar, algo que parecía iba a ser difícil, ya que no había nadie en todo el pueblo, excepto una niña que casualmente era la hija de quien gestionaba las cabañas turísticas, y me dijo que si quería podría alojarme en ellas, pero al oir el precio se me quitaron las ganas. Al preguntarle por el resto de la gente del pueblo, me contestó que estaban trabajando en los cultivos, y que hasta dentro de 2 horas no volverían. Vaya, parece que los pueblos fantasma hasta el atardecer era algo común por la zona. Bueno, no quedaba otra que esperar, y viendo que se habían olvidado de construir el bar del pueblo o un misero banco en el que sentarse a pasar el rato, pasé las dos horas charlando con la niña sobre su vida en la escuela del pueblo, la cual a su vez sirve de internado para los niños que acuden a ella desde los pueblos "cercanos", a los que no les queda otra que dormir entre semana en la escuela, ya que sus casa están a varias horas de camino.
Tras algo más de hora y media, parecía que la vida social comenzaba en Maragua. Por el fondo se asomaban las primeras ovejas, seguidas de su protector perro y el dueño, el cual justamente era el padre de la niña, y gestor de las cabañas. Le pregunto por la posibilidad de encontrar alojamiento alternativo, pero me dice que las cabañas están gestionadas por la comunidad, y que actualmente ya nadie aloja en su casa a turistas, ya que iría en contra del negocio de las cabañas. Como por estas tierras es mejor tener información de varias fuentes, prefiero esperar a preguntar a alguna otra personas. Sin embargo, la información es confirmada, así que no me queda otra que tragarme el monopolio hotelero del pueblo, y pagar por una cabaña. Debo decir que la cabaña estaba en muy buenas condiciones, y que en el precio de 50 bolivianos (tras un duro regateo), me incluyeron la cena y el desayuno, pero aún así, un viajero que llegue al pueblo con el presupuesto bastante ajustado, lo tendrá difícil ante la explotación turística de la que se aprovechan, una más durante el viaje por Sudamérica.
¿Y del tema de los textiles Jalq'a? Evidentemente pregunté a varias personas sobre la posibilidad de visitar a alguna tejedora y ver los famosos textiles, pero toda respuesta llevaba un "ni idea" como protagonista. En fin, parecía que todas mis esperanzas se reducirían al último destino, Potolo, al que llegaría al día siguiente. Así que tras una revitalizante cena, tras la cual recé porque aguantase en mi cuerpo durante varias horas, a la camita y a descansar del intenso día, que al día siguiente me esperaba otra buena caminata. Pero de repente alguien toca la puerta de la cabaña, hace unas horas no había un alma en el pueblo y a las 11 de la noche alguien viene a mi cabaña... Era una cholita con su hija, que les habían dicho que un "gringo" estaba alojado en las cabañas, y venían a... ¡enseñarme sus textiles! Si la montaña no va a Mahoma... Así que sin quererlo ni beberlo, ahí estaba con una de las famosas tejedoras Jalq'a, extendiendo sobre la cama varias piezas de preciosos textiles. Estaréis pensando, "sí sí, mucha explicación pero a mí lo que me interesa son las fotos". Resulta que la cholita cobraba por el simple hecho de hacer una foto a sus tejidos, ya que me comentó que cuando un turista va a su casa a ver sus textiles y cómo trabaja, siempre cobra por la visita y las fotos. Así que finalmente hice el trato que la visitaría al día siguiente, le pagaría el precio del tour tejedor, y todos felices. "Mañana a las 8, en la casita con la puerta verde que está al cruzar el río". ¡Perfecto! Eso sí, por lo poco que hablé en ese momento con ella, me comentó que apenas quedaban dos tejedoras en la comunidad, que el trabajo de los textiles requiere de mucha paciencia y trabajo, ya que cada textil tardaban unos 2-3 meses en hacerlo, y claro, muchas mujeres teniendo la opción de ganar dinero más rápido vendiendo Coca-Colas o cervezas, habían ido abandonando la profesión.
Y digo yo, ¿dónde está ese programa de la organización ASUR para la conservación de la tradición de los textiles en las comunidades Jalq'a? ¿Dónde está ese programa que me habían comentado en el museo de Sucre para formar a jóvenes de las comunidades en el arte del textil? Seguro que en las palabras de aquellas mujer y en el edificio abandonado que vi en Maragua con un cartel que decía "Taller de textiles", no estaban esos famosos y bonitos programas para preservar la tradición y el prestigio de las mujeres Jalq'a.
A pesar de todo ello, quedaba el último cartucho, la visita al día siguiente de la comunidad de Potolo, también famosa por el arte textil. De modo que tras un energizante desayuno, y ya con los problemas estomacales olvidades, de nuevo mochila al hombro, y a comenzar la caminata hacia Potolo. Como no, al preguntar por el tiempo que me llevaría llegar hasta el pueblo, obtuve respuestas desde 3 hasta 7 horas, así que por ser precabido, comencé la excursión bien prontito. ¿Recordáis que había quedado en visitar a la mujer de los textiles en su casita de la puerta verde? ¿Vosotros habéis visto la casa? Pues yo tampoco... :-( De forma que ya asumiendo que esos días no estaba destinado a apreciar las tradiciones Jalq'a, me puse rumbo a Potolo.
En esta ocasión la caminata fue mucho más agradable que la del día anterior, por un lado porque me sentía con más fuerzas al tener alimento en la tripita, y por otro porque los paisajes eran mucho más agradecidos, comenzando por montañas de tonos amarillentos propios de la sequía de la zona, a formaciones rojizas y de tonos rosáceos que hicieron la maravilla de mis pupilas.
También ayudó el hecho de encontrarme por el camino más vida humana, donde un simple "buenos días", o una simple respuesta a la pregunta: "¿es este el camino a Potolo?", lograban que me sintiese algo más acompañado en medio de la inmensidad del altiplano.
Tras algo más de 3 horas caminando, al fondo del camino empezó a aparecer la famosa Potolo, una de las principales comunidad Jalq'a, y en la que había visto muy bonitas fotos de danzas y trajes tradicionales en una publicidad. Pero al llegar, nada de danzas, nada de trajes tradicionales, nada de nada...
El pueblo os lo puedo describir en un línea: una plaza desértica, una calle, y un centro cultural de textiles, en el que una ancianita que apenas hablaba español, (en estas comunidades el principal idioma es el quechua), me enseñó las 4 figuras que tienen expuestas con trajes de carnaval. ¡Mhhhh! Probaré una vez más, "¿usted sabe si en Potolo hay tejedoras a las que poder visitar?", la respuesta, ya conocida, "ni idea".
El centro cultural de Potolo
Viendo como se presentaba el panorama, lo mejor era tratar de tomar el primer transporte hacia Sucre, y dar por finalizada la mini-aventura de dos días por las remotas y "tradicionales" comunidades Jalq'a. De nuevo, respecto al transporte de vuelta a Sucre, por un lado me decían que a las 14:30 llegaría un camión, por otro que a las 16:00 vendría un bus... En fin, lo mejor sería simplemente esperar hasta que cualquier tipo de vehículo apareciese. Por suerte, al de pocos minutos apareció un bus en dirección Sucre, que aunque seguro no se llevaría el primer premio en el concurso de "Miss Bus", mejor que el camión del día anterior seguro que sería.
Así que tras un entretenido viaje de algo más de 2 horas, llegamos a Sucre, aunque un par de kilómetros antes del lugar donde se supone debíamos bajarnos, ¿el motivo? Según la pequeña charla que tuve con el conductor:
- ¿Por qué hemos parado aquí?
- Porque el bus tiene un muelle roto y tengo miedo de que en cualquier momento no pueda seguir.
- ¿Y desde cuándo lleva ese muelle roto?
- Ufff, ni idea....
:-O
Bueno en estos caso bien vale el dicho, "ojos que no ven, corazón que no siente", porque no sé que habría sido de mi corazón si hubiese sabido que el bus tenía una pieza rota mientras íbamos por aquel camino de tierra lleno de curvas montaña arriba con un precipio al lado.
Y todo esto fue la excursioncilla por las comunidades Jalq'a. Podría sacarse la conclusión de que habría sido mejor quedarme tranquilito en Sucre, sin retortijones, sin largas caminatas, y sin decepciones publicitarias. Pero todo lo contrario, pude disfrutar de paisajes y entornos como nunca había visto, pude disfrutar de pequeñas charlas con habitantes de las comunidades, pude tener mucho tiempo en solitario, con los pensamientos y conocimiento interno que ello implica, y sobre todo, pude comprobar como no siempre hay que creerse lo bonito que nos pintan la preservación de tradiciones indígenas, la palabrería que muchas veces te sueltan por dar gusto a tus oídos de turista y de buscador de experiencias tradicionales. Es una pena, pero no siempre hay que creérselo...
¡Un abrazo!
"Para crear debes estar consciente de las tradiciones, pero para mantener las tradiciones debes de crear algo nuevo." Carlos Fuentes, periodista y escritor mexicano.
Entrada al Museo de Arte Indígena ASUR
La organización ASUR, está llevando a cabo un programa de desarrollo del arte textil entre estas comunidades, no sólo como preservación de una tradición milenario, sino además como un recurso económico para estos pueblos marcados por una pobreza extrema, y como una forma de posicionar el papel de la mujer, ya que estos textiles son exclusivos de manos femeninas, (últimamente los hombres se están aventurando también en este arte, alterados al ver que las mujeres iban cobrando protagonismo, pero creedme que los ejemplos que vimos de textiles de manos femeninas y masculinas no tienen comparación).
Durante la visita al museo, visitas diferentes salas, cada una dedicada a las diferentes comunidades en las que se intenta preservar el arte del textil. Así, se puede aprender las diferencias entre los textiles de cada zona. Como por ejemplo en la región Jalq'a, donde los textiles (piezas rectangulares conocidas como "aqsus"), están dedicados a representaciones del inframundo, del mundo que nos es perceptible de forma directa, del mundo caótico que no sigue los leyes de la sociedad ni la naturaleza. Así, utilizando lana de oveja y alpaca, las mujeres jalq'a crean dibujos que evocan desorden, caos, animales imaginarios habitantes de ese inframundo, también conocidos como khurus, usando básicamente el color rojo para los símbolos y el negro para el fondo representado la oscuridad del mundo inferior.

Dibujo de textil tipo Jalq'a
Y por el lado de la comunidad de Tarabuco, sus aqsus de lana de oveja y algodón, representan el mundo intermedio, el mundo en el que nos encontramos. Para ello, emplean una distribución simétrica y ordenada, con colores más claros, y utilizando símbolos que van desde llamas, a pájaros, burros o personas, según palabras de las propias tejedoras, en sus piezas evocan "todo lo que vemos".
Dibujo de textil tipo Tarabuco
La verdad que durante la visita al museo, en el que te ofrecen decenas de textiles, de gran belleza, creatividad y trabajo, y muy buenas explicaciones, te sumerges en estas comunidades, y genera en tu interior una agradable sensación al saber que tradiciones tan bellas, creativas y espirituales se están intentado preservar como medio económico, social y creativo en pueblos con muy pocos recursos. O... ¿quizá todo esto era demasiado bonito para ser verdad? Durante el viaje hemos visitado muchos museo, hablado con muchas personas, que nos cuentan sobre comunidades que hace tal o cual cosa. En la mayoría de casos, nos quedamos con la impresión generada por las palabras de estas personas o explicaciones de los museos, pero en este caso, la curiosidad había entrado más profundamente. De forma que aprovechando que una pareja de viajeros franceses que conocimos en Cochabamba nos recomendó ir a visitar varias comunidades Jalq'a, y que el gusanillo de la curiosidad por comprobar si todo lo visto en el museo era cierto, me reservé un par de días para perderme por las montañas del altiplano y visitar varias comunidades Jalq'a. Pero para contaros esta experiencia, no lo haré al estilo habitual del blog, sino que os lo narraré de forma secuencial, como una crónica. ¿Por qué? Básicamente porque mientras viví esta experiencia de dos días me iba imaginando el contarlo de esta manera, así que de la mente al teclado, ahí va la crónica:
¿El plan para los dos próximos días? Visitar tres comunidades Jalq'a: Chaunaca, Maragua y Potolo, a unos 50 km de Sucre, perdidas en medio de las montañas. Para ello primero había de tomar un transporte hasta una ermita en medio de la nada, llamada ermita de Chantaquila. Desde ahí comienza un camino inca que baja por la montaña hasta el pueblo de Chaunaca, de Chaunaca caminata por las montañas hasta Maragua. Pernoctar en el pueblo, y al día siguiente nueva pateada hasta Potolo, donde podría tomar el transporte de regreso a Sucre.
Así que llega el Martes por la mañana, arriba bien prontito que según la información más exigente, el transporte hacia la ermita de Chantaquila salía de Sucre sobre las 8:30 de la mañana, aunque a decir verdad, a cada persona que pregunté sobre ello me dijo una hora diferente, algo habitual en Bolivia al pedir información, pero en estos casos mejor hacer caso de la hora más temprana. Mochila lista, guantes, gorro, mallas para el frio, que estamos en invierno en esta zonas, algunos bocadillos y fruta, que yendo a pueblos remotos, y siendo vegetariano, la alimentación no estará para nada asegurada. De manera que salgo del hostal, tomo el bus número 1 que por 1,5 bolivianos me lleva hasta el paradero del transporte hacia Chantaquila. Llego a las 8:25, buena hora para satisfacer las previsiones de horario más pesimistas. Por si no habíamos probado ya suficientes tipos de transporte durante el viaje, hoy apuntaría uno más a la lista, el camión. Ya estaba avisado de ello, así que tampoco fue una sorpresa. Pregunto por el camión para ir hacia Chantaquila, me señalan un viejo trasto que en ese momento llevaba cargadas en la parte trasera unas 8 cholitas, (mujeres mestizas vestidas con trajes tradicionales), con sus sacos de patatas o de ropa. Bueno, no es el la forma de viajar más cómoda, pero al menos podré tener espacio e ir sentadito en la parte de atrás del camión. ¡Primer error!
El camión en plena fiesta
¿Conocéis el chiste de "¿cómo se mete a 20 vascos en un Seat 600? Diciéndoles que no pueden." Bueno, pues algo así viví durante las casi 2 horas que estuve dentro de aquel camión antes de que arrancase. Sube una familia con sus 3 hijos, 2 sacos de patatas de unos 20 litros, y un cordero entre los brazos de uno de los niños, suben un par más de cholitas, con sacos enormes de ropa, sube un matrimonio, suben 10 barriles de no sé qué... Y así durante 2 horas, un no parar de subir personas y mercancía. No os exagero si estaríamos ahí metidos unas 100 personas, evidentemente, la mayoría subidas a los sacos de mercancía ya que no quedaba apenas un centímetro cuadrado libre en el suelo. En fin, parecía que el viaje iba a ser algo más incómodo de los previsto, ¡pero se puede con eso y más!
Después de 30 minutos de viaje por carretera asfaltada, abandonamos el paraíso de cemento para pasar a un camino de tierra, y así empezar a literalmente comer tierra a medida que avanzábamos. ¡Mierda! Se me empieza a dormir un pie, pero imposible moverlo, intento usar el comodín de mi musculatura para tratar de mover a una cholita que tenía atrapada mi pierna, misión imposible. Una cadera y unas piernas que han vivido seguramente más de 6 partos son demasiado para mí... Por fin después de mas de hora y media de calambres, posturas inverosímiles, y presenciar como la gente tiraba la basura de lo que iba comiendo a la carretera, algo habitual en sudamérica, un señor local que me hizo más ameno el viaje con su charla, me avisa que ya estamos llegando a la ermita de Chantaquila. Como parece que alguien se olvidó de instalar el botón de parada en el camión, tras varios golpes en la pared y la mano dormida, el conductor para, le pago los 10 bolivianos por el viaje, y me despido de la gran y fugaz familia con la que conviví tan estrechamente durante el viaje.
Ok, ya estoy en el inicio de la ruta, la ermita de Chantaquila, literalmente en medio de la nada. Cuando me dijeron que donde debía bajarme habría una ermita no mintieron, había una ermita y nada más.
La solitaria ermita de Chantaquila
Se supone que junto a la ermita debía comenzar el camino inca que me llevaría hasta Chaunaca, la primera comunidad Jalq'a, pero ni rastro del camino. Así que como "experimentado" montañero y explorador, decido subir a una colina que había al lado para intentar encontrar el camino desde lo alto. ¡Bingo! A unos 10 metros siguiendo el camino en el que me había dejado el camión parecía que comenzaba un camino empedrado. Así que ya con la tranquilidad de encontrar la ruta que me llevaría montaña abajo durante dos horas hasta Chaunaca, recargo energías con un bocadillo y algo de fruta, y comienza la caminata.
La ruta por el camino inca se hace muy agradable, con una senda restaurada muy cómoda, y unos paisajes típicos del altiplano boliviano, con poca vegetación, pero un horizonte interminable de montañas.
Diferentes momentos del camino inca
Después de casi dos horas bajando y bajando, y sin cruzarme con ningún alma, a lo lejos ya empiezo a percibir algunas casitas que deben ser el pueblo de Chaunaca. Eso sí, 1 km antes de llegar al pueblo, tocó pagar el peaje por el uso del camino inca, peaje en forma de cholita que gustosamente cogió los 10 bolivianos de los que no había manera de librarse. Llegando a Chaunaca, mi imaginación ya empieza a dar rienda suelta con las primeras mujeres locales tejiendo los famosos textiles Jalq'a en la puerta de sus casas. Nada más lejos de la realidad, todos los textiles que pude ver en Chaunaca fueron los de mi mente. En el "centro" del pueblo había unas 4 casas, un colegio-centro de salud-dentista en el mismo edificio, y por supuesto, la sede de la mayor empresa mundial, la iglesia. Pregunto a un par de hombres que están realizando una obra en la entrada al pueblo a ver si no hay nadie viviendo por allí, me dicen que la gente está en el campo trabajando, y que hasta el atardecer no vuelven. Por supuesto, nada de esperar ver a tejedoras en plena acción. Bueno, no pasa nada, las comunidades más famosas por sus textiles son las otras dos que quedan por visitar, ¡a positivismo no me gana nadie!
Prácticamente todo el pueblo de Chaunaca
De forma que tras otro bocadillo y un plátano para seguir el camino, en pie y a seguir pateando hacia el siguiente destino en el que pasaría la noche, Maragua. Según la información que tenía, me esperaba una caminata de unas 3 horas, casi siempre subiendo por las laderas de las montañas del altiplano. Así que vamos para allá, cuanto antes empiece antes acabaré. Pero... algo va mal... un retortijón repentino hace que un escalofrío recorra todo mi cuerpo. ¿Las causas? En un viaje como este pueden ser varias, desde el queso de los bocadillos que ya cuando los preparé el día anterior desprendían un olor cuiroso, hasta los plátanos hechos papilla tras el acogedor viaje en camión. Aunque en esos momentos el elemento causante es lo de menos, lo principal es buscar un rinconcillo donde dejar marcadas las montañas bolivianas. Tras pasar la urgencia, ahora sí, ¡rumbo a Maragua!
Paisajes en el camino a Maragua
El camino como era de esperar, se trataba de una carretera de tierra que bordeaba las montañas, sin apenas una sombra en la que protegerse, y subidas continuas que ponían a prueba la resistencia. Todo ello, teniendo en cuenta que lo poco que había comido durante el día se había quedado como abono unos metros más atrás, hicieron bastante durillo el ejercicio. Al igual que al inicio del día, ni un alma con la que cruzarme en todo el camino.¡Espera! Allí al fondo parece que hay una pareja de locales con una niña pequeña que van en dirección a Maragua, ¡a intentar alcanzarle! Un poco de compañía no va mal en estos lugares tan remotos. Y casualidades de la vida, resulta que era el matrimonio que románticamente habían ido pegaditos a mi durante el viaje en el camión. Tras unos metros charlando sobre el sentido de la vida, y al ver que llevaban un ritmo tranquilito, me despido de ellos y sigo con la solitaria excursión. Eso sí, parece que la niña que iba con ellos tenía el espíritu competitivo bastante desarrollado y aceleró el paso para ir detrás mío. ¡Y en qué momento!... ¡Nuevo retortijón! Y esta vez, con una niña que cual Fernando Alonso no dejaba de ir a mi rebufo. No me quedó otra que apretar nalga contra nalga, echar mano de las últimas reservas de energía, y meter un esprint que dejase claro a la simpática niñita que a un vasco yéndose por la pata abajo no se le sigue por las montañas.
Así que después de varios metros que ni Usain Bolt me hubiese visto, parece que el camino está despejado, unos metros ladera arriba, y a volver a abonar el terreno. Por suerte, parecía que la niñita y la pareja o bien habían tomado una ruta alterna, o habían percibido al acercarse las nuevas fragancias del altiplano boliviano y habían dado media vuelta, porque no les volví a ver. Sea como fuere, de nuevo la urgencia pasó, y ya me encontraba a apenas 30 minutos de Maragua, donde seguro que esta vez sí podría ver satisfechas mis ansias por descubrir los secretos de la elaboración de los textiles Jalq'a. Sin embargo, mis esperanzas empezaron a verse truncadas al ver el panorama que me presentaba el pueblo...
La desértica calle de Maragua
Taller de textiles Jalq'a de Maragua
Pero antes de desanimarme del todo, lo primero era lo primero, encontrar un lugar donde pasar la noche. Según me habían comentado en Sucre, en Maragua existen unas cabañas turísticas, gestionadas por la comunidad, pero a un precio algo alto para tratarse de un pueblo que te recorres de punta a punta en 2 minutos. Aparte de estas cabañas, había leído que si preguntabas a la gente del pueblo, era probable que alguien te ofreciese alojamiento sencillito en su casa, con cena, desayuno, a buen precio, y con suerte quizá hasta presenciando la labor de una tejedora. Bueno, lo primero para probar esta última atractiva opción, era encontrar gente a la que preguntar, algo que parecía iba a ser difícil, ya que no había nadie en todo el pueblo, excepto una niña que casualmente era la hija de quien gestionaba las cabañas turísticas, y me dijo que si quería podría alojarme en ellas, pero al oir el precio se me quitaron las ganas. Al preguntarle por el resto de la gente del pueblo, me contestó que estaban trabajando en los cultivos, y que hasta dentro de 2 horas no volverían. Vaya, parece que los pueblos fantasma hasta el atardecer era algo común por la zona. Bueno, no quedaba otra que esperar, y viendo que se habían olvidado de construir el bar del pueblo o un misero banco en el que sentarse a pasar el rato, pasé las dos horas charlando con la niña sobre su vida en la escuela del pueblo, la cual a su vez sirve de internado para los niños que acuden a ella desde los pueblos "cercanos", a los que no les queda otra que dormir entre semana en la escuela, ya que sus casa están a varias horas de camino.
Tras algo más de hora y media, parecía que la vida social comenzaba en Maragua. Por el fondo se asomaban las primeras ovejas, seguidas de su protector perro y el dueño, el cual justamente era el padre de la niña, y gestor de las cabañas. Le pregunto por la posibilidad de encontrar alojamiento alternativo, pero me dice que las cabañas están gestionadas por la comunidad, y que actualmente ya nadie aloja en su casa a turistas, ya que iría en contra del negocio de las cabañas. Como por estas tierras es mejor tener información de varias fuentes, prefiero esperar a preguntar a alguna otra personas. Sin embargo, la información es confirmada, así que no me queda otra que tragarme el monopolio hotelero del pueblo, y pagar por una cabaña. Debo decir que la cabaña estaba en muy buenas condiciones, y que en el precio de 50 bolivianos (tras un duro regateo), me incluyeron la cena y el desayuno, pero aún así, un viajero que llegue al pueblo con el presupuesto bastante ajustado, lo tendrá difícil ante la explotación turística de la que se aprovechan, una más durante el viaje por Sudamérica.
Interior de la cabaña
¿Y del tema de los textiles Jalq'a? Evidentemente pregunté a varias personas sobre la posibilidad de visitar a alguna tejedora y ver los famosos textiles, pero toda respuesta llevaba un "ni idea" como protagonista. En fin, parecía que todas mis esperanzas se reducirían al último destino, Potolo, al que llegaría al día siguiente. Así que tras una revitalizante cena, tras la cual recé porque aguantase en mi cuerpo durante varias horas, a la camita y a descansar del intenso día, que al día siguiente me esperaba otra buena caminata. Pero de repente alguien toca la puerta de la cabaña, hace unas horas no había un alma en el pueblo y a las 11 de la noche alguien viene a mi cabaña... Era una cholita con su hija, que les habían dicho que un "gringo" estaba alojado en las cabañas, y venían a... ¡enseñarme sus textiles! Si la montaña no va a Mahoma... Así que sin quererlo ni beberlo, ahí estaba con una de las famosas tejedoras Jalq'a, extendiendo sobre la cama varias piezas de preciosos textiles. Estaréis pensando, "sí sí, mucha explicación pero a mí lo que me interesa son las fotos". Resulta que la cholita cobraba por el simple hecho de hacer una foto a sus tejidos, ya que me comentó que cuando un turista va a su casa a ver sus textiles y cómo trabaja, siempre cobra por la visita y las fotos. Así que finalmente hice el trato que la visitaría al día siguiente, le pagaría el precio del tour tejedor, y todos felices. "Mañana a las 8, en la casita con la puerta verde que está al cruzar el río". ¡Perfecto! Eso sí, por lo poco que hablé en ese momento con ella, me comentó que apenas quedaban dos tejedoras en la comunidad, que el trabajo de los textiles requiere de mucha paciencia y trabajo, ya que cada textil tardaban unos 2-3 meses en hacerlo, y claro, muchas mujeres teniendo la opción de ganar dinero más rápido vendiendo Coca-Colas o cervezas, habían ido abandonando la profesión.
Y digo yo, ¿dónde está ese programa de la organización ASUR para la conservación de la tradición de los textiles en las comunidades Jalq'a? ¿Dónde está ese programa que me habían comentado en el museo de Sucre para formar a jóvenes de las comunidades en el arte del textil? Seguro que en las palabras de aquellas mujer y en el edificio abandonado que vi en Maragua con un cartel que decía "Taller de textiles", no estaban esos famosos y bonitos programas para preservar la tradición y el prestigio de las mujeres Jalq'a.
A pesar de todo ello, quedaba el último cartucho, la visita al día siguiente de la comunidad de Potolo, también famosa por el arte textil. De modo que tras un energizante desayuno, y ya con los problemas estomacales olvidades, de nuevo mochila al hombro, y a comenzar la caminata hacia Potolo. Como no, al preguntar por el tiempo que me llevaría llegar hasta el pueblo, obtuve respuestas desde 3 hasta 7 horas, así que por ser precabido, comencé la excursión bien prontito. ¿Recordáis que había quedado en visitar a la mujer de los textiles en su casita de la puerta verde? ¿Vosotros habéis visto la casa? Pues yo tampoco... :-( De forma que ya asumiendo que esos días no estaba destinado a apreciar las tradiciones Jalq'a, me puse rumbo a Potolo.
En esta ocasión la caminata fue mucho más agradable que la del día anterior, por un lado porque me sentía con más fuerzas al tener alimento en la tripita, y por otro porque los paisajes eran mucho más agradecidos, comenzando por montañas de tonos amarillentos propios de la sequía de la zona, a formaciones rojizas y de tonos rosáceos que hicieron la maravilla de mis pupilas.
Inicio del camino desde Maragua a Potolo
Paisajes en el camino a Potolo
También ayudó el hecho de encontrarme por el camino más vida humana, donde un simple "buenos días", o una simple respuesta a la pregunta: "¿es este el camino a Potolo?", lograban que me sintiese algo más acompañado en medio de la inmensidad del altiplano.
Tras algo más de 3 horas caminando, al fondo del camino empezó a aparecer la famosa Potolo, una de las principales comunidad Jalq'a, y en la que había visto muy bonitas fotos de danzas y trajes tradicionales en una publicidad. Pero al llegar, nada de danzas, nada de trajes tradicionales, nada de nada...
La calle de Potolo
El pueblo os lo puedo describir en un línea: una plaza desértica, una calle, y un centro cultural de textiles, en el que una ancianita que apenas hablaba español, (en estas comunidades el principal idioma es el quechua), me enseñó las 4 figuras que tienen expuestas con trajes de carnaval. ¡Mhhhh! Probaré una vez más, "¿usted sabe si en Potolo hay tejedoras a las que poder visitar?", la respuesta, ya conocida, "ni idea".
Viendo como se presentaba el panorama, lo mejor era tratar de tomar el primer transporte hacia Sucre, y dar por finalizada la mini-aventura de dos días por las remotas y "tradicionales" comunidades Jalq'a. De nuevo, respecto al transporte de vuelta a Sucre, por un lado me decían que a las 14:30 llegaría un camión, por otro que a las 16:00 vendría un bus... En fin, lo mejor sería simplemente esperar hasta que cualquier tipo de vehículo apareciese. Por suerte, al de pocos minutos apareció un bus en dirección Sucre, que aunque seguro no se llevaría el primer premio en el concurso de "Miss Bus", mejor que el camión del día anterior seguro que sería.
Así que tras un entretenido viaje de algo más de 2 horas, llegamos a Sucre, aunque un par de kilómetros antes del lugar donde se supone debíamos bajarnos, ¿el motivo? Según la pequeña charla que tuve con el conductor:
- ¿Por qué hemos parado aquí?
- Porque el bus tiene un muelle roto y tengo miedo de que en cualquier momento no pueda seguir.
- ¿Y desde cuándo lleva ese muelle roto?
- Ufff, ni idea....
:-O
Bueno en estos caso bien vale el dicho, "ojos que no ven, corazón que no siente", porque no sé que habría sido de mi corazón si hubiese sabido que el bus tenía una pieza rota mientras íbamos por aquel camino de tierra lleno de curvas montaña arriba con un precipio al lado.
Y todo esto fue la excursioncilla por las comunidades Jalq'a. Podría sacarse la conclusión de que habría sido mejor quedarme tranquilito en Sucre, sin retortijones, sin largas caminatas, y sin decepciones publicitarias. Pero todo lo contrario, pude disfrutar de paisajes y entornos como nunca había visto, pude disfrutar de pequeñas charlas con habitantes de las comunidades, pude tener mucho tiempo en solitario, con los pensamientos y conocimiento interno que ello implica, y sobre todo, pude comprobar como no siempre hay que creerse lo bonito que nos pintan la preservación de tradiciones indígenas, la palabrería que muchas veces te sueltan por dar gusto a tus oídos de turista y de buscador de experiencias tradicionales. Es una pena, pero no siempre hay que creérselo...
¡Un abrazo!
"Para crear debes estar consciente de las tradiciones, pero para mantener las tradiciones debes de crear algo nuevo." Carlos Fuentes, periodista y escritor mexicano.
viernes, 18 de julio de 2014
Nos recibe una Bolivia diferente en Sucre con su calorcito y buen ambiente
En el reciente post sobre La Paz, os comentaba que las expectativas al llegar no eran demasiado altas, al tratarse de una gran ciudad, con el consiguiente bullicio, tráfico... Pero finalmente resultó ser una buena lección para evitar futuros prejuicios. En el caso de Sucre, todo lo contrario, las expectativas eran muy buenas, todos los viajeros con los que nos habíamos cruzado nos decían que con diferencia era la ciudad más bonita y agradable de Bolivia, ¡y resultó ser totalmente cierto!
Pero, ¿qué es lo que tiene Sucre comparada con el resto de Bolivia para que sea tan atractivo? En primer lugar, sobre todo siendo invierno como ahora, ¡que tiene un clima buenísimo! Calorcito por el día y un poco de fresquito por la noche. Y segundo, que es una ciudad cuyo centro se parece más a un pueblito de estilo colonial en el que todos se conocen que a una gran ciudad, centro en el que se concentra gran parte del pasado histórico boliviano. Dudo que con esta breve descripción Sucre haya conseguido robaros el corazón, así que mejor explayarme un poco más acerca de la segunda ciudad de Bolivia declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad, tras Potosí.
Ya comenté en el último post, que el camino para llegar a Sucre desde Cochabamba podría decirse que no fue del todo placentero. Sino que lo más placentero es el hecho de poder contarlo... A esto se unió el hecho de que como con el kamikaze del conductor quinceañero llegamos hora y media antes de lo previsto, ahí estábamos, a las 4 de la mañana, con la terminal aún cerrada, en la fria noche de Sucre... Por suerte, si a alguna ciudad de Bolivia tienes que llegar a esas horas sin alojamiento reservado mejor que sea Sucre, ya que nos dirigimos a un hostal que nos había recomendado una pareja francesa que conocimos en Cochabamba, y a pesar de la cara de dormido del encargado, aceptó que nos quedásemos esa misma noche a muy buen precio.
A la tarde del mismo día, ya descansaditos, duchaditos y bien alimentados, comenzamos con la exploración de la capital de Bolivia. Ya al llegar a la plaza central, conocida como 25 de Mayo, fecha en que comenzó la independencia de América Latina, pudimos comprobar que las afirmaciones que dicen que es la plaza más bonita de Bolivia tenían su punto de razón.
Protegida por edificios coloniales, la catedral metropolitana o el palacio de Gobierno, y con su corazón palpitante de palmeras, limpiadores de zapatos, la vida social de la ciudad en pleno esplendor, y la estatua de Jose Antonio Sucre en el centro, mano derecha del libertador Simón Bolívar durante la independencia de Sudamérica, y primer presidente de Bolivia.
Tras una paradita en la oficina de turismo, (¡cuánto tiempo sin poder visitar una!), y aún con el subidón de la llegada al nuevo destino y de poder estar en la calle con menos de 3 capas de ropa, nos dirigimos a la primera visita cultural en Sucre, la imprescindible Casa de la Libertad, un importantísimo icono en la historia de este país andino, antes conocido como el "Alto Perú", ya que en este edificio fue donde tal día 6 de Agosto de 1825, se firmó el Acta de Independencia de la República de Bolivia.
La Casa de la Libertad, está dividida en diferentes salas, como la sala virreinal, con objetos de los siglos XVI, XVII y XVIII, y con explicaciones de la historia de la actual Bolivia, desde su conquista inca hasta su independencia; la sala de los guerrilleros, como homenaje a aquellos que lucharon por la liberación del país, con objetos tan simbólicos como la espada utilizada en varias batallas por Jose Antonio Sucre o la primera bandera argentina; la sala de los diputados, en homenaje a los miembros del Senado que participaron en la Asamble de Independencia... Pero destaca por encima de todas la Sala de la Independencia, tanto por belleza, dimensiones y significado. En esta sala, ahora presidida por los retratos de Simón Bolívar, Jose Antonio Sucre y el general José Balivián, fue donde se reunió el primer Congreso Constituyente de la Nación y se firmó el Acta de la Independencia de Bolivia. Una sala en la que por su genial estado de conservación y reproducción, no es difícil viajar casi 600 años atrás, y sentir esa mezcla de alegría, orgullo y liberación al celebrar al acto de independencia.
Visitas históricas aparte, Sucre es de esas ciudades-pueblo que ya es una delicia simplemente pasear por las calles del centro, adornadas por bonitos edificios blancos, o alejarte unas pocas cuadras para disfrutar de las voces infantiles y la prueba de paciencia de los padres en alguno de los parques que ponen la nota verde a la ciudad.
Otra de las actividades sumamente recomendables a hacer en Sucre, es darse un pequeño paseo hasta el Museo de Arte Indígena, durante el que pondréis a prueba los glúteos subiendo las empinadas cuestas, lo que a su vez te recompensa con unas boonitas vistas de la ciudad, aparte de llegar al mencionado museo. El museo ofrece una exposición sobre las costumbres y cultura de las principales etnias de la región de Chuquisaca, como son la Jalq'a y Tarabuco, sobre todo centrado en su faceta más característica, la confección de textiles.
Pero de este tema ya hablaré con más profundidad en el siguiente post, en el que os contaré una trabajo de investigación exhaustivo sobre las comunidad Jalq'a... Simplemente comentar que la visita al museo merece mucho la pena, en un primer momento por abrir nuestros ojos a nuevas etnias y nuevas esperanzas sobre el mantenimiento de bonitas costumbres, y posteriormente por abrir nuestra conciencia hacia el sentido crítico y la necesidad de experimentar todo de forma personal para poder valorarlo.
Sobre la comunidad Tarabuco, simplemente comentar que nos acercamos un día a su famoso mercado artesanal dominical. Mercado que de artesanal poco tiene, ya que está compuesto en una parte por indígenas vendiendo las típicas ropas y productos bolivianos que te encuentras en cada ciudad turísticas, seguramente fabricados en China, y por otra parte, la más local, gente vendiendo DVDs, ropa o los productos obtenidos de las cosechas.
Y como no, no podía faltar la sección gastronómica dedicada a Sucre. Sin muchas novedades en cuanto a descubrimientos de productos locales, pero grandes experiencias sobre todo en el restaurante vegetariano Condor Café, protagonista de largas horas de buena comida y conversación, y en el mercado central, en el que de nuevo, pudimos disfrutar de uno de nuestras aficiones favoritas en Bolivia, jugos y ensaladas de frutas a precios baratísimos y de calidad que daban ganas de llorar cada vez que se terminaba.
En resumen, Sucre nos regaló unos maravillosos días de calor que ya casi habíamos olvidado, días de descanso por la altura, días de sentirnos de nuevo en un lugar como en casa. Lo prometido es deuda, así que no os perdáis el próximo post en el que os narraré las aventuras y desventuras para llegar a las comunidades Jalq'a y poder ver con mis propios ojos una realidad bien distinta a las que nos habían contado.
¡Un abrazo!
"Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace. La gente que cultiva sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de su propia realidad". Mario Benedetti, poeta uruguayo.
Pero, ¿qué es lo que tiene Sucre comparada con el resto de Bolivia para que sea tan atractivo? En primer lugar, sobre todo siendo invierno como ahora, ¡que tiene un clima buenísimo! Calorcito por el día y un poco de fresquito por la noche. Y segundo, que es una ciudad cuyo centro se parece más a un pueblito de estilo colonial en el que todos se conocen que a una gran ciudad, centro en el que se concentra gran parte del pasado histórico boliviano. Dudo que con esta breve descripción Sucre haya conseguido robaros el corazón, así que mejor explayarme un poco más acerca de la segunda ciudad de Bolivia declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad, tras Potosí.
Ya comenté en el último post, que el camino para llegar a Sucre desde Cochabamba podría decirse que no fue del todo placentero. Sino que lo más placentero es el hecho de poder contarlo... A esto se unió el hecho de que como con el kamikaze del conductor quinceañero llegamos hora y media antes de lo previsto, ahí estábamos, a las 4 de la mañana, con la terminal aún cerrada, en la fria noche de Sucre... Por suerte, si a alguna ciudad de Bolivia tienes que llegar a esas horas sin alojamiento reservado mejor que sea Sucre, ya que nos dirigimos a un hostal que nos había recomendado una pareja francesa que conocimos en Cochabamba, y a pesar de la cara de dormido del encargado, aceptó que nos quedásemos esa misma noche a muy buen precio.
A la tarde del mismo día, ya descansaditos, duchaditos y bien alimentados, comenzamos con la exploración de la capital de Bolivia. Ya al llegar a la plaza central, conocida como 25 de Mayo, fecha en que comenzó la independencia de América Latina, pudimos comprobar que las afirmaciones que dicen que es la plaza más bonita de Bolivia tenían su punto de razón.
Diferentes vistas de la plaza 25 de Mayo
Protegida por edificios coloniales, la catedral metropolitana o el palacio de Gobierno, y con su corazón palpitante de palmeras, limpiadores de zapatos, la vida social de la ciudad en pleno esplendor, y la estatua de Jose Antonio Sucre en el centro, mano derecha del libertador Simón Bolívar durante la independencia de Sudamérica, y primer presidente de Bolivia.
Tras una paradita en la oficina de turismo, (¡cuánto tiempo sin poder visitar una!), y aún con el subidón de la llegada al nuevo destino y de poder estar en la calle con menos de 3 capas de ropa, nos dirigimos a la primera visita cultural en Sucre, la imprescindible Casa de la Libertad, un importantísimo icono en la historia de este país andino, antes conocido como el "Alto Perú", ya que en este edificio fue donde tal día 6 de Agosto de 1825, se firmó el Acta de Independencia de la República de Bolivia.
Entrada de la Casa de la Libertad
La Casa de la Libertad, está dividida en diferentes salas, como la sala virreinal, con objetos de los siglos XVI, XVII y XVIII, y con explicaciones de la historia de la actual Bolivia, desde su conquista inca hasta su independencia; la sala de los guerrilleros, como homenaje a aquellos que lucharon por la liberación del país, con objetos tan simbólicos como la espada utilizada en varias batallas por Jose Antonio Sucre o la primera bandera argentina; la sala de los diputados, en homenaje a los miembros del Senado que participaron en la Asamble de Independencia... Pero destaca por encima de todas la Sala de la Independencia, tanto por belleza, dimensiones y significado. En esta sala, ahora presidida por los retratos de Simón Bolívar, Jose Antonio Sucre y el general José Balivián, fue donde se reunió el primer Congreso Constituyente de la Nación y se firmó el Acta de la Independencia de Bolivia. Una sala en la que por su genial estado de conservación y reproducción, no es difícil viajar casi 600 años atrás, y sentir esa mezcla de alegría, orgullo y liberación al celebrar al acto de independencia.
Sala de la Independencia en la Casa de la Libertad
Visitas históricas aparte, Sucre es de esas ciudades-pueblo que ya es una delicia simplemente pasear por las calles del centro, adornadas por bonitos edificios blancos, o alejarte unas pocas cuadras para disfrutar de las voces infantiles y la prueba de paciencia de los padres en alguno de los parques que ponen la nota verde a la ciudad.
Calle del centro de Sucre
Teatro Municipal de Sucre
Parque Bolívar en Sucre
Otra de las actividades sumamente recomendables a hacer en Sucre, es darse un pequeño paseo hasta el Museo de Arte Indígena, durante el que pondréis a prueba los glúteos subiendo las empinadas cuestas, lo que a su vez te recompensa con unas boonitas vistas de la ciudad, aparte de llegar al mencionado museo. El museo ofrece una exposición sobre las costumbres y cultura de las principales etnias de la región de Chuquisaca, como son la Jalq'a y Tarabuco, sobre todo centrado en su faceta más característica, la confección de textiles.
Plaza de la Recoleta
Vistas de Sucre
Pero de este tema ya hablaré con más profundidad en el siguiente post, en el que os contaré una trabajo de investigación exhaustivo sobre las comunidad Jalq'a... Simplemente comentar que la visita al museo merece mucho la pena, en un primer momento por abrir nuestros ojos a nuevas etnias y nuevas esperanzas sobre el mantenimiento de bonitas costumbres, y posteriormente por abrir nuestra conciencia hacia el sentido crítico y la necesidad de experimentar todo de forma personal para poder valorarlo.
Sobre la comunidad Tarabuco, simplemente comentar que nos acercamos un día a su famoso mercado artesanal dominical. Mercado que de artesanal poco tiene, ya que está compuesto en una parte por indígenas vendiendo las típicas ropas y productos bolivianos que te encuentras en cada ciudad turísticas, seguramente fabricados en China, y por otra parte, la más local, gente vendiendo DVDs, ropa o los productos obtenidos de las cosechas.
Niños de Tarabuco con almas de modelo
Perspectivas del mercado de Tarabuco
Y como no, no podía faltar la sección gastronómica dedicada a Sucre. Sin muchas novedades en cuanto a descubrimientos de productos locales, pero grandes experiencias sobre todo en el restaurante vegetariano Condor Café, protagonista de largas horas de buena comida y conversación, y en el mercado central, en el que de nuevo, pudimos disfrutar de uno de nuestras aficiones favoritas en Bolivia, jugos y ensaladas de frutas a precios baratísimos y de calidad que daban ganas de llorar cada vez que se terminaba.
En el paraíso frutal del mercado central de Sucre
En resumen, Sucre nos regaló unos maravillosos días de calor que ya casi habíamos olvidado, días de descanso por la altura, días de sentirnos de nuevo en un lugar como en casa. Lo prometido es deuda, así que no os perdáis el próximo post en el que os narraré las aventuras y desventuras para llegar a las comunidades Jalq'a y poder ver con mis propios ojos una realidad bien distinta a las que nos habían contado.
¡Un abrazo!
"Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace. La gente que cultiva sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de su propia realidad". Mario Benedetti, poeta uruguayo.
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